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Trastornos somatoformes

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Los trastornos somatoformes engloban varios trastornos psiquiátricos en los cuales las personas refieren síntomas físicos pero niegan tener problemas psiquiátricos.

Trastorno somatoforme es un término relativamente nuevo que se aplica a lo que mucha gente denomina trastorno psicosomático. En los trastornos somatoformes, los síntomas físicos o su gravedad y duración no pueden ser explicados por ninguna enfermedad orgánica subyacente. Los trastornos somatoformes incluyen el trastorno de somatización, el trastorno de conversión y la hipocondría.

Los psiquiatras difieren considerablemente en sus opiniones acerca del valor y la validez del uso de estas categorías diagnósticas. Sin embargo, esta distinción de los diferentes trastornos somatoformes ha proporcionado a los psiquiatras un medio para describir la amplia variedad de síntomas que presentan estos pacientes y para diferenciar los trastornos sobre la base de estas descripciones. Las descripciones cuidadosas pueden ayudar a los psiquiatras a ordenar los diferentes trastornos que así pueden ser mejor estudiados científicamente.

Los trastornos somatoformes generalmente no tienen una explicación clara. Los pacientes con un trastorno somatoforme pueden ser muy diferentes entre sí. Debido a que no se sabe bien por qué o cómo la gente desarrolla su sintomatología, no hay modelos de tratamiento específicos y consensuados.

Somatización

La somatización es una enfermedad crónica y grave caracterizada por la presencia de muchos síntomas físicos, en particular de una combinación de dolor y de síntomas de las esferas gastrointestinal, sexual y neurológica.

Las causas de la somatización son desconocidas. A menudo se presenta como característica familiar. La gente con este trastorno tiende también a tener trastornos de la personalidad caracterizados por egocentrismo (personalidad narcisista) y una exagerada dependencia de los demás (personalidad dependiente).

Los síntomas aparecen por vez primera en la adolescencia o temprano en la edad adulta y se cree que ocurren predominantemente en las mujeres. Los familiares varones de las mujeres con este trastorno tienden a tener una alta incidencia de comportamiento socialmente inapropiado y de alcoholismo.

Síntomas

Una persona con somatización presenta muchas quejas difusas de carácter físico. Aunque puede afectar a cualquier parte del cuerpo, los síntomas se expresan más frecuentemente como dolores de cabeza, náuseas y vómitos, dolor abdominal, menstruaciones dolorosas, cansancio, pérdidas de consciencia, relaciones sexuales dolorosas y pérdida del deseo sexual. Aunque los síntomas suelen ser primariamente físicos, también pueden referir ansiedad y depresión. Las personas con somatización describen sus síntomas de un modo dramático y emotivo, refiriéndose a ellos a menudo como “insoportables”, “indescriptibles” o “lo peor imaginable”.

Estas personas muestran una extremada dependencia en sus relaciones sociales. Piden cada vez más ayuda y apoyo emocional y pueden enfurecerse cuando sienten que no se satisfacen sus necesidades. A menudo se les describe como exhibicionistas y seductores. En un intento de manipular a los demás, pueden amenazar con suicidarse o incluso intentarlo. A menudo están descontentos con la atención médica que reciben y van de un médico a otro.

Los síntomas físicos parecen ser un modo de pedir ayuda y atención. La intensidad y persistencia de los síntomas reflejan el intenso deseo de la persona de ser atendida en cada uno de los aspectos de su vida. Los síntomas también parecen servir a otros propósitos, como permitir que la persona eluda las responsabilidades de la vida adulta. Los síntomas tienden a ser incómodos e impiden a la persona implicarse en proyectos atractivos, lo que sugiere que también padece sentimientos de incapacidad y de culpabilidad. Los síntomas impiden el disfrute y a la vez actúan como castigo.

Diagnóstico

Las personas con somatización no son conscientes de que su problema es básicamente psicológico y por ello presionan a sus médicos para que les hagan estudios diagnósticos y tratamientos. El médico se ve obligado a realizar muchas exploraciones físicas y análisis para determinar si la persona tiene un trastorno físico que explique los síntomas. Las interconsultas con especialistas son frecuentes, aun cuando la persona haya desarrollado una relación razonablemente satisfactoria con su médico.

Una vez que el médico determina que la alteración es psicológica, la somatización puede ser distinguida de otros trastornos psiquiátricos similares por su gran cantidad de síntomas y su tendencia a persistir durante muchos años. Al diagnóstico se añaden la naturaleza dramática de las quejas y una conducta exhibicionista, dependiente, manipuladora y, en ocasiones, suicida.

Pronóstico y tratamiento

La somatización tiende a fluctuar en su gravedad, pero persiste toda la vida. Es rara la remisión completa de los síntomas durante períodos largos. Algunas personas se vuelven más manifiestamente deprimidas con el paso de los años y sus referencias al suicidio se hacen más amenazadoras. El suicidio es un riesgo real.

El tratamiento es extremadamente difícil. La gente con trastorno de somatización tiende a tener sentimientos de frustración y a encolerizarse ante cualquier sugerencia con respecto al carácter psicológico de sus síntomas. Por lo tanto, los médicos no pueden tratar el problema directamente como de orden psicológico, aun reconociéndolo como tal. Los fármacos no son de gran ayuda, e incluso aunque la persona acceda a una consulta psiquiátrica, las técnicas de psicoterapia específicas tienen pocas posibilidades de éxito. Generalmente, el mejor tratamiento es una relación médico-paciente relajada, firme y de apoyo, donde el médico ofrece alivio sintomático y protege a la persona de posibles procedimientos diagnósticos o terapéuticos muy costosos y posiblemente peligrosos. Sin embargo, el médico debe permanecer alerta ante la posibilidad de que la persona desarrolle una enfermedad orgánica.

Conversión

En la conversión, los síntomas físicos consecuencia de un conflicto psicológico se asemejan a los de una enfermedad neurológica u otros problemas.

Los síntomas de la conversión son claramente causados por el estrés y por los conflictos psicológicos que las personas, de una manera inconsciente, convierten en síntomas físicos. Aunque los trastornos de conversión tienden a producirse durante la adolescencia o temprano en la edad adulta, pueden aparecer a cualquier edad. Se piensa de alguna manera que esta situación es más frecuente en mujeres que en varones.

Síntomas y diagnóstico

Por definición, los síntomas de la conversión se limitan a aquellos que sugieren una disfunción del sistema nervioso (generalmente la parálisis de un brazo o de una pierna o la pérdida de sensibilidad en una parte del cuerpo). Otros síntomas incluyen convulsiones simuladas y la pérdida de alguno de los sentidos, como la visión o la audición.

Generalmente, el comienzo de los síntomas se asocia a algún acontecimiento estresante de carácter social o psicológico. Una persona puede sufrir un solo episodio o tener episodios esporádicos, pero generalmente son de corta duración. Cuando las personas con síntomas de conversión son hospitalizadas, generalmente mejoran en dos semanas. Sin embargo, de un 20 a un 25 por ciento tiene recaídas al cabo de un año.

El diagnóstico es difícil de realizar al principio porque la persona cree que los síntomas se originan en un problema físico y no quiere consultar a un psiquiatra. Los médicos verifican cuidadosamente que los síntomas no tienen una causa física.

Tratamiento

Para el tratamiento es esencial una relación de confianza entre el médico y el paciente. Cuando el médico descarta un trastorno físico y asegura a la persona que los síntomas que padece no indican una enfermedad grave subyacente, ésta generalmente comienza a sentirse mejor y los síntomas disminuyen. Cuando una situación psicológicamente estresante ha precedido al comienzo de los síntomas, la psicoterapia puede ser particularmente eficaz.

Ocasionalmente, los síntomas de conversión reaparecen con frecuencia e incluso pueden volverse crónicos. Se han probado varios métodos de tratamiento (y algunos pueden resultar de utilidad), aunque ninguno ha resultado uniformemente eficaz. En la hipnoterapia, la persona es hipnotizada y se procede a identificar y debatir las materias psicológicas que pueden ser responsables de los síntomas. El debate continúa tras la hipnosis, cuando la persona se encuentra totalmente alerta. Otros métodos incluyen el narcoanálisis, que es un procedimiento similar a la hipnosis excepto en que se administra un sedante para inducir un estado de semisomnolencia. En algunas personas ha resultado eficaz la terapia de modificación del comportamiento que incluye las técnicas de relajación.

Hipocondría

La hipocondría es un trastorno en el cual una persona refiere síntomas físicos y está especialmente preocupada porque cree firmemente que corresponden a una enfermedad grave.

Síntomas y diagnóstico

Las preocupaciones de la persona por la gravedad de la enfermedad están basadas a menudo en una incorrecta interpretación de las funciones normales del organismo. Por ejemplo, el ruido de los intestinos y las sensaciones de distensión y de incomodidad que a veces ocurren a medida que los fluidos avanzan a través del tubo digestivo son normales. La gente con hipocondría utiliza tales “síntomas” para explicar por qué creen tener una enfermedad grave. El hecho de ser examinados y tranquilizados por el médico no alivia sus preocupaciones; ellos tienden a creer que éste no logró encontrar la enfermedad subyacente.

Se sospecha hipocondría cuando una persona sana con síntomas menores está preocupada acerca de la significación de estos síntomas y no reacciona ante explicaciones tranquilizadoras después de una cuidadosa evaluación. El diagnóstico de hipocondría se confirma cuando la situación se mantiene durante años y los síntomas no pueden atribuirse a la depresión u a otro trastorno psiquiátrico.

Tratamiento

El tratamiento es difícil porque una persona con hipocondría está convencida de tener algo gravemente alterado dentro de su cuerpo. Tranquilizarla no alivia estas preocupaciones. Sin embargo, una relación de confianza con un médico atento resulta beneficiosa, sobre todo si las visitas regulares se acompañan de una actitud tranquilizadora hacia el paciente. Si los síntomas no se alivian adecuadamente, puede consultarse a un psiquiatra para su evaluación y tratamiento, contando con que continúe el seguimiento por parte del médico de atención primaria.

Fuente: Manual Merck.

Afecciones comunes del pie

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Algunos problemas del pie se inician en el propio pie, por ejemplo, por una lesión; otros son el resultado de enfermedades que afectan a todo el organismo. Cualquier hueso, articulación, músculo, tendón, o ligamento del pie puede verse afectado.

Esguince grave
El esguince puede ocurrir cuando el tobillo rota hacia afuera (se invierte), desgarrando el ligamento de la parte externa del tobillo.

Esguinces de tobillo

Un esguince de tobillo es un desgarro de los ligamentos (el tejido elástico resistente que conecta los huesos entre sí) en el tobillo.

Cualquiera de los ligamentos del tobillo puede lesionarse. Las torceduras suelen ocurrir cuando el tobillo rota hacia fuera, haciendo que la planta del pie mire hacia el otro pie (se invierta). Los ligamentos flojos en el tobillo, los músculos débiles, las lesiones de los nervios de la pierna, ciertos tipos de calzado (como los zapatos de tacón alto y estrecho) y ciertas maneras de caminar, tienden a provocar la rotación del pie hacia fuera, aumentando el riesgo de una torcedura.

Síntomas

La gravedad del esguince depende del grado de estiramiento o de desgarro de los ligamentos. En un esguince leve (grado 1), los ligamentos pueden estirarse pero, de hecho, no se desgarran. El tobillo no suele lastimarse o hincharse demasiado; sin embargo, una torcedura leve aumenta el riesgo de una lesión recurrente. En un esguince moderado (grado 2), los ligamentos se desgarran parcialmente. La inflamación y los hematomas son frecuentes. Por lo general, es doloroso y resulta difícil caminar. En el esguince grave (grado 3), los ligamentos se desgarran completamente, causando hinchazón y a veces hemorragia bajo la piel. Por consiguiente, el tobillo se vuelve inestable e incapaz de sostener el peso.

Diagnóstico y tratamiento

La exploración física del tobillo orienta acerca de la extensión de la lesión del ligamento. Con frecuencia, se hace una radiografía para determinar si el hueso está fracturado, pero no se aprecia la torcedura del tobillo. Se requieren pruebas complementarias sólo en contadas ocasiones.

El tratamiento depende de la gravedad del esguince. Generalmente, las torceduras leves se tratan envolviendo el tobillo y el pie con un vendaje elástico, aplicando compresas de hielo en la zona, elevando el tobillo y, a medida que los ligamentos se curan, se aumenta de forma gradual el número de pasos y ejercicios. En las torceduras moderadas se aplica habitualmente un soporte para caminar, que se mantiene durante 3 semanas. Éste inmoviliza la parte inferior de la pierna pero permite andar con el tobillo lesionado. En las lesiones graves, puede necesitarse una intervención quirúrgica, pero existe controversia sobre este tipo de cirugía. Según algunos cirujanos, la reconstrucción quirúrgica de los ligamentos desgarrados y gravemente lesionados no es más eficaz que el tratamiento sin cirugía. Es muy importante la fisioterapia para restablecer el movimiento, fortalecer los músculos y mejorar el equilibrio y tiempo de respuesta, antes de volver a las actividades intensivas.

Las personas cuyos tobillos se tuercen con facilidad pueden evitar las lesiones subsiguientes utilizando aparatos ortopédicos (abrazaderas) para los tobillos y colocando dispositivos en el calzado para estabilizar el pie y el tobillo.

Complicaciones

A veces, un esguince grave o moderado causa problemas incluso después de que el ligamento ha sanado. Se puede desarrollar un pequeño nódulo en uno de los ligamentos del tobillo que causa una fricción constante en la articulación, conduciendo a la inflamación crónica y, finalmente, a daños permanentes. La inyección de una mezcla de corticosteroides en el tobillo reduce la inflamación, y la administración de un anestésico local alivia el dolor de modo eficaz. En raras ocasiones se requiere la intervención quirúrgica.

En un esguince puede también lesionarse el nervio que recorre uno de los ligamentos del tobillo. El dolor y el hormigueo consecuentes (neuralgia) se alivian, a veces de modo permanente, con una inyección de un anestésico local.

Las personas con esguince de tobillo suelen caminar de un modo que desgasta excesivamente los tendones (tejidos fibrosos y resistentes que conectan los músculos al hueso o los músculos entre sí); el resultado final es la inflamación de los tendones del lado externo del tobillo. Esta afección, llamada tenosinovitis peroneal, puede causar hinchazón crónica y dolor en la parte externa del tobillo. El tratamiento consiste en usar soportes para el tobillo, que limitan el movimiento de la articulación. También pueden ser eficaces las inyecciones de cortisona dentro de la vaina del tendón, aunque no debe abusarse de su uso.

En ocasiones, el impacto de un esguince grave causa espasmos en los vasos sanguíneos del tobillo que reducen la circulación sanguínea. Por consiguiente, algunas zonas del hueso y de otros tejidos pueden resultar afectadas debido a la falta de irrigación, por lo que pueden comenzar a deteriorarse. Esta afección, denominada distrofia simpática refleja o atrofia de Sudeck, puede provocar hinchazón y dolor en el pie, a menudo intenso, que puede pasar de un punto a otro del tobillo y del pie. A pesar del dolor, la persona puede seguir caminando. La fisioterapia y los analgésicos administrados por vía oral pueden ser útiles. Se puede recurrir, en caso de dolor crónico e intenso, a la inyección de un anestésico local alrededor del nervio que estimula el tobillo (bloqueo del nervio), así como a la administración de corticosteroides y al apoyo psicológico.

El síndrome de seno del tarso es el dolor persistente en la zona entre el hueso del talón (calcáneo) y el hueso del tobillo (talus o astrágalo), a raíz de una torcedura. Puede estar asociado con el desgarro parcial de los ligamentos dentro del pie. Las inyecciones de corticosteroides y los anestésicos locales son a menudo útiles.

Fracturas del pie

Prácticamente cualquier hueso del pie se puede fracturar. Muchas de estas fracturas no requieren cirugía, pero otras deben ser reparadas quirúrgicamente para prevenir la discapacidad permanente. Es habitual que la zona sobre el hueso fracturado presente hinchazón y dolor, que pueden extenderse más allá del lugar de la fractura si los tejidos blandos de la zona resultan magullados.

Las fracturas del tobillo y alrededor de éste, ocurren frecuentemente cuando el tobillo rota hacia dentro, de tal modo que la planta del pie gira hacia afuera (eversión) o cuando el tobillo rota hacia afuera (inversión). Suelen aparecer dolor, hinchazón y hemorragia. Estas fracturas pueden ser graves si no se tratan con urgencia. Como regla general, todas las fracturas de tobillo deberían escayolarse. La cirugía puede ser necesaria para las fracturas graves del tobillo, cuando los huesos están ampliamente separados o mal alineados.

Son frecuentes las fracturas de los huesos del metatarso (huesos situados en la parte dorsal media del pie) que, con frecuencia, son el resultado de una marcha excesiva o de una tensión indirecta por uso excesivo, aunque también pueden producirse por un impacto fuerte y repentino. En la mayoría de los casos, la inmovilización con un calzado de suela rígida (mejor que con escayola) es suficiente para que el hueso sane. En raras ocasiones, se necesita la colocación de una escayola por debajo de la rodilla. Si los huesos están muy separados, la cirugía puede estar indicada para alinear los segmentos fracturados. Una fractura del metatarsiano del dedo gordo o del dedo pequeño del pie tiende a ser complicada, requiriendo la colocación de una escayola o la cirugía.

Los huesos sesamoideos (dos huesos pequeños redondos localizados bajo el extremo del metatarsiano del dedo gordo del pie) se pueden fracturar. Las carreras, los largos paseos y los deportes que implican caer demasiado fuerte sobre la superficie plantar del antepié, como el baloncesto y el tenis, pueden causar la fractura de estos huesos. También alivian el dolor los accesorios ortopédicos especialmente diseñados para el calzado (plantillas). Si persiste el dolor, los huesos sesamoideos deben, a veces, ser extraídos quirúrgicamente.

Huesos del pie
Vista desde abajo

Son frecuentes las lesiones de los dedos del pie, en particular el pequeño, especialmente cuando se camina descalzo. Las fracturas simples de los cuatro dedos más pequeños del pie se curan sin necesidad de escayolar. Puede ser útil el vendaje con cinta adhesiva o velcro de los dedos afectados a los dedos adyacentes, durante 4 a 6 semanas. Usar suelas rígidas o un calzado ligeramente más ancho, puede ayudar a calmar el dolor. Si resulta demasiado doloroso caminar con un calzado normal, hay que utilizar botas hechas a la medida o calzado siguiendo la prescripción del médico.

Por lo general, una fractura del dedo gordo (hallux) tiende a ser más grave, causando dolor intenso, tumefacción y hemorragia bajo la piel. El dedo gordo puede fracturarse por un tropezón o por la caída accidental de un objeto pesado sobre el pie. Las fracturas que afectan a la articulación del dedo gordo del pie pueden requerir una intervención quirúrgica.

Espolones del talón

Los espolones del talón son excrecencias de hueso en el talón que pueden ser consecuencia de una tensión excesiva del hueso del talón por parte de los tendones o la fascia (el tejido conectivo adherido al hueso).

El dolor en la parte inferior del talón puede ser causado por un espolón. El pie plano (una forma anormal de la planta y del arco del pie) y los trastornos en los que la contractura del tendón del talón es permanente, pueden tensar excesivamente la fascia, incrementando el riesgo del crecimiento de espolones.

Los espolones del talón son casi siempre dolorosos mientras se desarrollan, especialmente cuando la persona está caminando. En ocasiones, se desarrolla una pequeña acumulación de líquido (bolsa) debajo del espolón y se inflama. Esta afección, llamada bursitis calcánea inferior, suele hacer que el dolor se vuelva pulsátil, y también puede aparecer sin que exista espolón. A veces el pie se adapta al espolón de modo que el dolor disminuye a medida que crece el espolón. Por otra parte, un espolón indoloro puede transformarse en doloroso a consecuencia de una pequeña lesión en la zona, como puede ocurrir durante el ejercicio.

Habitualmente, los espolones se suelen diagnosticar durante un exploración física. La presión del centro del talón causa dolor si el espolón está presente. Se pueden hacer radiografías para confirmar el diagnóstico, pero éstas pueden no detectar los espolones en formación.

Espolón del talón
El espolón del talón es un crecimiento óseo en el hueso del talón (calcáneo). Se puede formar cuando la fascia plantar, tejido conectivo que se extiende desde el hueso del talón hasta la base de los dedos, tira demasiado sobre el talón. Por lo general, el espolón es doloroso mientras se está formando, pero el dolor disminuye a medida que el pie se ajusta a él. La mayor parte de los espolones pueden ser tratados sin intervención quirúrgica.

El tratamiento tiene como objeto aliviar el dolor. Una mezcla de corticosteroides con un anestésico local puede inyectarse dentro de la zona dolorida del talón. Envolver el arco con almohadillas y usar elementos ortopédicos (plantillas para calzado) que ayuden a estabilizar el talón, pueden minimizar el estiramiento de la fascia y reducir el dolor. La mayor parte de los espolones dolorosos se resuelven sin intervenciones quirúrgicas. Se debería realizar una intervención quirúrgica para extraer el espolón solamente cuando el dolor constante dificulta la marcha. Sin embargo, los resultados no son predecibles y, a veces, el dolor persiste después de la operación.

Enfermedad de Sever

La enfermedad de Sever es el dolor de talón en los niños, causado por una lesión de cartílago.

El hueso del talón (calcáneo) se desarrolla en dos partes. Hasta que el hueso se endurece completamente, entre los 8 y 16 años, ambas partes están unidas por un cartílago que es más blando que el hueso. En ocasiones, la actividad enérgica o el esfuerzo excesivo pueden romper el cartílago causando dolor, casi siempre a lo largo de los bordes del talón.

El diagnóstico de la enfermedad de Sever se establece cuando un niño que ha participado en una actividad atlética siente dolor a lo largo de los bordes del talón. A veces, el talón está ligeramente hinchado y levemente caliente al tacto. Las radiografías no son útiles para el diagnóstico, ya que no pueden detectar la lesión del cartílago, excepto para excluir una fractura ósea como causa del dolor.

El cartílago roto finalmente se cura, con frecuencia al cabo de varios meses. Las almohadillas para el talón colocadas en el calzado, pueden ser útiles ya que reducen la presión sobre el hueso del talón. A veces, también puede ser útil escayolar el pie.

Bursitis posterior del tendón de Aquiles

La bursitis posterior del tendón de Aquiles (deformidad de Haglund) es una inflamación del saco de líquido (bolsa) localizado entre la piel del talón y el tendón de Aquiles (el tendón que une los músculos de la pantorrilla al hueso del talón).

Este trastorno se manifiesta principalmente en las mujeres jóvenes pero también puede desarrollarse en los varones. Puede agravarse si se camina de una forma que presione repetidamente los tejidos blandos detrás del talón, contra el soporte rígido posterior del calzado.

Al principio, aparece una mancha ligeramente roja, endurecida y dolorosa en la cara posterior y superior del talón. Cuando la bolsa inflamada se agranda, aparece una tumefacción roja debajo de la piel del talón que causa dolor por encima del mismo. Si la afección se vuelve crónica, la hinchazón puede endurecerse.

El tratamiento tiene por objeto reducir la inflamación y ajustar la posición del pie en el calzado para aliviar la presión sobre el talón. Se pueden colocar almohadillas en el calzado, de espuma de goma o de fieltro, para suprimir la presión mediante la elevación del talón. Puede resultar útil estirar la parte posterior del calzado, o acolcharlo alrededor de la bolsa inflamada. A veces se diseñan calzados especiales para ayudar a controlar el movimiento anormal del talón. Si estas medidas no son eficaces, los antiinflamatorios no esteroideos, como el ibuprofeno, alivian el dolor y la inflamación de forma temporal, así como las inyecciones de una mezcla de corticosteroides y anestésicos locales en la zona inflamada. Cuando estos tratamientos no son eficaces, se debe extraer quirúrgicamente una parte del hueso del talón.

Bursitis en el talón
Normalmente, sólo se encuentra una bolsa en el talón, entre el tendón de Aquiles y el hueso (calcáneo). Esta bolsa puede inflamarse, hincharse y doler, dando como resultado una bursitis anterior del tendón de Aquiles. Se puede formar una bolsa protectora (adventicia) entre el tendón de Aquiles y la piel como consecuencia de una presión anormal y una disfunción del pie. Esta bolsa puede también inflamarse, hincharse y doler y en consecuencia producir una bursitis posterior del tendón de Aquiles.

Bursitis anterior del tendón de Aquiles

La bursitis anterior del tendón de Aquiles (enfermedad de Albert) es una inflamación de la bolsa de líquido de la parte anterior de la unión del tendón de Aquiles al hueso del talón (calcáneo).

Cualquier estado que represente una tensión adicional para el tendón de Aquiles (que une los músculos de la pantorrilla al talón) puede causar este trastorno. Las lesiones del talón, las enfermedades como la artritis reumatoide e incluso los soportes posteriores rígidos del calzado pueden causar este proceso.

Cuando la bolsa se inflama a raíz de una lesión traumática, los síntomas suelen manifestarse de manera repentina; en cambio, cuando la inflamación se debe a una enfermedad, pueden hacerlo de forma gradual. Los síntomas habitualmente consisten en hinchazón y calor en el lado posterior del talón.

La aplicación de compresas tibias o frías sobre la zona afectada puede ayudar a reducir el dolor y la inflamación, así como las inyecciones de un corticosteroide combinado con un anestésico local en la bolsa inflamada.

Neuralgia tibial posterior

La neuralgia tibial posterior es el dolor en el tobillo, el pie y los dedos del pie, causado por la compresión o la lesión del nervio que llega al talón y la planta del pie (nervio tibial posterior).

Este nervio recorre la cara posterior de la pantorrilla, atraviesa un canal óseo cerca del talón y llega hasta la planta del pie. Cuando los tejidos circundantes de este nervio se inflaman, pueden comprimirlo, causando el dolor.

El dolor, el síntoma más frecuente de esta afección, se presenta como un ardor o un hormigueo. Puede aparecer cuando la persona está de pie, camina, o usa un tipo particular de calzado. El dolor, habitualmente localizado alrededor del tobillo y extendido a los dedos del pie, empeora al andar y se alivia con el reposo. Algunas veces, el dolor también aparece durante el reposo.

Para diagnosticar esta afección, el médico mueve el pie durante la exploración física. Por ejemplo, da golpes suaves en la zona que esté lesionada o comprimida, lo que con frecuencia causa un hormigueo que puede extenderse al talón, al arco del pie, o a los dedos. Se pueden necesitar pruebas adicionales para determinar la causa de la lesión, especialmente si se está considerando una intervención quirúrgica del pie.

Las inyecciones de una mezcla de corticosteroides y anestésicos locales en la zona pueden aliviar el dolor. Otros tratamientos consisten en vendar el pie y colocar dispositivos especialmente diseñados en el calzado, para reducir la presión sobre el nervio. Cuando los demás tratamientos no alivian el dolor, la cirugía puede ser necesaria para aliviar la presión del nervio.

Dolor en la superficie plantar del antepié

El dolor en la superficie plantar del antepié se debe con frecuencia a lesiones de los nervios entre los dedos del pie o bien a las articulaciones entre los dedos y el pie.

Lesiones de los nervios

Los nervios que estimulan la planta del pie y los dedos se hallan entre los huesos de los dedos. El dolor en la superficie plantar del antepié puede deberse a la acción de tumores no cancerosos de los tejidos nerviosos (neuromas), ubicados entre la base del tercer y cuarto dedo (neuroma de Morton), aunque pueden también presentarse entre otros dedos. Los neuromas suelen desarrollarse sólo en un pie y son más frecuentes en las mujeres que en los varones.

En su fase inicial, el neuroma puede causar únicamente una leve molestia alrededor del cuarto dedo, a veces acompañada de una sensación de ardor u hormigueo. Estos síntomas son generalmente más pronunciados cuando la persona usa cierto tipo de calzado. A medida que la afección progresa, puede irradiarse una sensación de ardor constante a las puntas de los dedos, independientemente del tipo de calzado que se use. La persona puede también sentir como si tuviera una canica o un guijarro dentro de la superficie plantar del antepié. El diagnóstico se basa en la historia del problema y en el examen del pie. Las radiografías, la resonancia magnética (RM) y la ecografía no identifican con precisión esta enfermedad.

Las inyecciones de corticosteroides mezclados con un anestésico local, así como el uso de plantillas en el calzado pueden, en general, aliviar los síntomas. Puede ser necesario repetir las inyecciones dos o tres veces, con intervalos de una a dos semanas. Si estos tratamientos no ayudan, la extracción quirúrgica del neuroma alivia con frecuencia el malestar por completo, pero puede causar insensibilidad permanente en la zona.

Dolor en las articulaciones de los dedos del pie

El dolor en las articulaciones de los cuatro dedos más pequeños del pie es un problema muy común cuya causa más frecuente es el mal alineamiento de las superficies articulares. Esta mala alineación puede ser consecuencia de un pie poco o muy arqueado, que hace que los dedos permanezcan doblados (dedos en martillo). La fricción constante del calzado contra los dedos curvados produce un engrosamiento de la piel sobre la articulación, formándose un callo. El tratamiento alivia la presión causada por el mal alineamiento. Puede ser útil un calzado más hondo o un calzado con almohadillas; también puede estar indicada la cirugía para enderezar los dedos y quitar el callo

La artrosis del dedo gordo del pie, extremadamente frecuente, puede ser consecuencia de diversas posiciones al estar de pie y al caminar, incluso la tendencia a rotar el pie hacia dentro al caminar (pronación). En ocasiones, una lesión en el dedo gordo del pie puede también causar artrosis con dolor. El dolor articular en el dedo gordo del pie empeora casi siempre por el uso de calzado. Más tarde, la persona puede sentirse incapaz de doblar este dedo mientras camina. No se nota una sensación de calor al tacto en la zona dolorosa.

El principio fundamental del tratamiento es el uso de un calzado con dispositivos que corrijan el movimiento impropio del pie y alivien la presión en las articulaciones afectadas. Un dolor de reciente aparición en el dedo gordo del pie puede aliviarse mediante la tracción del dedo y algunos ejercicios que muevan y extiendan la articulación. Las inyecciones con un anestésico local pueden aliviar el dolor y disminuir el espasmo muscular, de modo que la articulación pueda moverse más fácilmente. Puede así mismo inyectarse un corticosteroide para disminuir la inflamación. Si estos tratamientos no dan un buen resultado, una intervención quirúrgica puede aliviar el dolor.

Uña encarnada en el dedo gordo

Uña del pie encarnada

Una uña del pie encarnada es una afección en la que los bordes de la uña crecen dentro de la piel que la rodea.

La uña encarnada puede producirse cuando una uña del pie deformada crece impropiamente dentro de la piel, o cuando la piel que circunda la uña crece anormalmente rápido y cubre parte de la uña. Usar un calzado estrecho e inadecuado, y recortar la uña en curva con bordes cortos, en vez de recortarla de un modo más bien recto, pueden causar una uña encarnada o hacer que ésta empeore.

Las uñas encarnadas pueden no producir síntomas al inicio, pero finalmente pueden doler, especialmente cuando se presiona la zona que está dentro de la carne. La zona está generalmente enrojecida y puede estar caliente y, si el tratamiento no es adecuado, es propensa a la infección. Si se infecta, la zona se vuelve dolorosa, enrojecida e hinchada, y pueden desarrollarse tumefacciones con pus (paroniquia).

Las uñas levemente encarnadas pueden recortarse, el borde libre se levanta con suavidad y se coloca un algodón esterilizado debajo de la uña hasta que la hinchazón desaparece. Si la uña encarnada requiere atención médica, el médico generalmente adormece la zona con un anestésico local, luego corta y extrae la sección encarnada de la uña. La inflamación puede entonces disminuir y la uña encarnada, habitualmente, no recurre.

Onicomicosis

La onicomicosis es una infección de las uñas por hongos.

El hongo puede contagiarse cuando se camina descalzo en lugares públicos o, con más frecuencia, es parte de la infección del pie de atleta. Las infecciones leves pueden producir pocos o ningún síntoma; en muchas infecciones graves, las uñas se vuelven blancuzcas, gruesas y se despegan de la base. Habitualmente, se acumulan detritos de la uña infectada bajo el borde libre.

El médico, por lo general, confirma el diagnóstico tras el examen al microscopio de una muestra del detrito de la uña y del cultivo correspondiente que determinan cuál es el hongo que causa la infección.

Las infecciones por hongos son difíciles de curar, por lo que el tratamiento está en función de la gravedad o molestia de los síntomas. Se debe procurar que las uñas estén bien recortadas para minimizar las molestias. Los fármacos contra los hongos, administrados por vía oral, pueden mejorar el proceso y, a veces, curarlo por completo. Con frecuencia, la infección reaparece cuando se interrumpen los fármacos.

En general, no resulta eficaz tratar la uña infectada únicamente con la aplicación directa de antimicóticos, excepto en el caso de una infección superficial por hongos.

Alteración del color de las uñas

Son varios los trastornos que pueden causar cambios en el color y la textura de las uñas. Por ejemplo, una lesión debida al impacto de un objeto pesado sobre el dedo, puede provocar una acumulación de sangre bajo la uña, ocasionando el ennegrecimiento de la misma. Si esto afecta a la uña entera, ésta puede desprenderse y caer. Una coloración negra bajo la uña debe ser examinada para determinar también si se trata de un melanoma (cáncer de la piel). Las heridas pueden causar manchas o vetas blancuzcas en la uña. La sobreexposición a los jabones fuertes, los productos químicos o algunos fármacos, puede hacer que las uñas adquieran tonalidades negras, grises, amarillas o marrones. Las infecciones por hongos también pueden cambiar el color de las uñas.

El tratamiento consiste en corregir el trastorno que causa el cambio de color y esperar hasta que crezcan las uñas sanas. Después de su extracción, las uñas tardan alrededor de 11 a 18 meses en crecer nuevamente.

Fuente: Manual Merck.

Infecciones de los huesos y de las articulaciones

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Pueden infectarse los huesos, el líquido y los tejidos de las articulaciones. Tales infecciones incluyen la osteomielitis y la artritis infecciosa.

Osteomielitis

La osteomielitis es una infección del hueso, generalmente provocada por una bacteria, aunque también, en algunos casos, por un hongo.

Cuando se infecta el hueso, se inflama a menudo la médula ósea. En vista de que el tejido inflamado presiona contra la rígida pared exterior del hueso, los vasos sanguíneos de la médula pueden comprimirse, reduciendo o interrumpiendo el suministro de sangre al hueso.

Si el aporte sanguíneo resulta insuficiente, algunas partes del hueso pueden morir. La infección puede también avanzar por fuera del hueso y formar acumulaciones de pus (abscesos) en los tejidos blandos adyacentes, como el músculo.

Causas

Los huesos, que normalmente están bien protegidos de la infección, pueden infectarse por tres vías: el flujo sanguíneo, la invasión directa y las infecciones de los tejidos blandos adyacentes.

El flujo sanguíneo puede transmitir una infección a los huesos desde otra parte del cuerpo. La infección suele presentarse en las extremidades de los huesos del brazo y de la pierna en el caso de los niños y en la columna vertebral en los adultos. Las personas que están en tratamiento de diálisis por insuficiencia renal y las que se inyectan drogas tienen una predisposición particular para contraer una infección de las vértebras (osteomielitis vertebral). También se pueden originar infecciones en la parte del hueso en que se ha implantado una pieza de metal, como en el caso de una cirugía por una fractura de la cadera o de otros sitios. Las vértebras también pueden infectarse por las bacterias que causan la tuberculosis (enfermedad o mal de Pott).

Algunos organismos pueden invadir el hueso directamente a través de las fracturas abiertas, durante una intervención quirúrgica del hueso, o a través de objetos contaminados que penetran en él. La infección en una articulación artificial (contraída por lo general durante la intervención quirúrgica) puede extenderse al hueso adyacente.

La infección en los tejidos blandos que rodean el hueso puede extenderse al mismo, al cabo de varios días o semanas. Esta infección puede tener su origen en una zona lesionada por una herida, por radioterapia o por cáncer, o en una úlcera de la piel causada por mala circulación o diabetes, o en una infección de los senos paranasales, de los dientes o de la encía.

Síntomas

En los niños, las infecciones óseas contraídas a través del flujo sanguíneo causan fiebre y, en ocasiones, dolor en el hueso infectado algunos días después. El área que está por encima del hueso puede inflamarse e hincharse y el movimiento puede resultar doloroso.

Las infecciones de las vértebras se desarrollan de forma gradual, produciendo dolores de espalda persistentes y sensibilidad al tacto. El dolor empeora con el movimiento y no se alivia con el reposo ni con la aplicación de calor o la ingestión de analgésicos. La fiebre, un signo frecuente de infección, está frecuentemente ausente.

Las infecciones óseas provocadas por infecciones en los tejidos blandos adyacentes o por invasión directa, causan dolor e hinchazón en la zona localizada encima del hueso; se pueden formar abscesos en los tejidos circundantes. Estas infecciones pueden no provocar fiebre. Los resultados de los análisis de sangre pueden ser normales. Es habitual que el paciente que presenta una infección en una articulación o un miembro artificial sufra un dolor persistente en esa zona.

Si una infección ósea no se trata de manera eficaz, se puede producir una osteomielitis crónica. En ocasiones, este tipo de infección pasa inadvertida durante mucho tiempo, ya que puede no producir síntomas durante meses o años. Es frecuente que la osteomielitis crónica cause dolor en el hueso, produciendo infecciones en los tejidos blandos que están sobre el mismo y una supuración constante o intermitente a través de la piel.

El drenaje tiene lugar cuando el pus del hueso infectado se abre paso hacia la piel y se forma un trayecto (trayecto fistuloso) desde el hueso hasta la piel.

Fases de la infección de una vértebra y del disco intervertebral.

Diagnóstico

Los síntomas y los resultados de la exploración física pueden sugerir osteomielitis. La zona infectada aparece casi siempre anormal en una gammagrafía ósea (con isótopos radiactivos como el tecnecio), excepto en los niños; en cambio, puede no manifestarse en una radiografía hasta 3 semanas después de la aparición de los primeros síntomas. La tomografía computarizada (TC) y la resonancia magnética (RM) también identifican la zona infectada. Sin embargo, no siempre distinguen las infecciones de otros trastornos del hueso. Para diagnosticar una infección ósea e identificar la bacteria que la causa, se deben tomar muestras de sangre, de pus, de líquido articular o del mismo hueso. Por lo general, en una infección de las vértebras, se analizan muestras del tejido óseo que se extraen mediante una aguja o durante una intervención quirúrgica.

Tratamiento

En los niños o adultos con infecciones óseas recientes a partir del flujo sanguíneo, los antibióticos son el tratamiento más eficaz. Si no puede identificarse la bacteria que provoca la infección, se administran antibióticos eficaces contra el Staphylococcus aureus (la bacteria causante más frecuente) y, en algunos casos, contra otras bacterias. Al principio los antibióticos se pueden administrar por vía intravenosa y más tarde por vía oral, durante un período de 4 a 6 semanas, dependiendo de la gravedad de la infección. Algunas personas necesitan meses de tratamiento. En general no está indicada la cirugía si la infección se detecta en su fase inicial, aunque, en ocasiones, los abscesos se drenan quirúrgicamente.

Para los adultos que sufren infecciones en las vértebras, el tratamiento habitual consiste en la administración de antibióticos adecuados durante 6 a 8 semanas, a veces guardando reposo absoluto. La cirugía puede ser necesaria para drenar abscesos o estabilizar las vértebras afectadas.

El tratamiento es más complejo cuando la infección ósea es consecuencia de una infección de los tejidos blandos adyacentes. Habitualmente, tejido y hueso muerto se extraen quirúrgicamente y el espacio vacío resultante se llena con hueso, músculo o piel sanos, y luego se trata la infección con antibióticos.

Por lo general, una articulación artificial infectada debe ser extraída y sustituida por otra. Los antibióticos pueden administrarse varias semanas antes de la intervención quirúrgica, de modo que pueda extraerse la articulación artificial infectada e implantarse simultáneamente la nueva. El tratamiento resulta ineficaz en contadas ocasiones y puede ser necesario recurrir a una intervención quirúrgica, bien sea para fusionar los huesos de la articulación o para amputar el miembro.

Las infecciones que se propagan al hueso desde las úlceras del pie, causadas por mala circulación o diabetes, implican a menudo varias bacterias y de manera simultánea son difíciles de curar sólo con antibióticos. La curación puede requerir la extirpación del hueso infectado.

Artritis infecciosa

La artritis infecciosa es una infección del contenido líquido (líquido sinovial) y de los tejidos de una articulación.

Los organismos infecciosos, principalmente las bacterias, suelen alcanzar la articulación a través del flujo sanguíneo, aunque ésta puede infectarse directamente si se contamina por vía quirúrgica, por una inyección o por una herida. Una articulación puede verse infectada por diversas bacterias. El tipo de bacteria causante de la infección puede variar según la edad de la persona. Los estafilococos, el Hemophylus influenzae y las bacterias conocidas como bacilos gramnegativos infectan con más frecuencia a bebés y niños pequeños, mientras que los gonococos (bacterias que causan la gonorrea), los estafilococos y los estreptococos, infectan con mayor frecuencia a niños mayores y adultos. Los virus, como el de la inmunodeficiencia humana (VIH), los parvovirus y los que causan la rubéola, las paperas y la hepatitis B, pueden infectar las articulaciones de personas de cualquier edad. Las infecciones articulares crónicas son muy a menudo provocadas por tuberculosis u hongos.

Artritis de origen infeccioso
Para el diagnóstico de la artritis de origen infeccioso (artritis séptica) es indispensable el análisis del líquido articular, que frecuentemente es de aspecto turbio, inclusive purulento. El líquido se obtiene mediante la punción de la articulación con una jeringa y aguja estériles.

Síntomas

Es habitual que los niños experimenten fiebre y dolor, con tendencia a la irritabilidad. Es corriente que los niños no muevan la articulación infectada por el dolor que ello les produce. En niños mayores y en adultos que presentan infecciones bacterianas o víricas, es habitual que los síntomas comiencen de manera súbita. Es corriente el enrojecimiento, el calor local y el dolor al movimiento y al tacto, al igual que la acumulación de líquidos, provocando hinchazón y rigidez en la articulación. Otros síntomas son fiebre y escalofríos.

Las articulaciones que se infectan con mayor frecuencia son las de la rodilla, del hombro, de la muñeca, de la cadera, de los dedos y de los codos. Los hongos o las micobacterias (bacterias que causan la tuberculosis e infecciones similares) suelen causar síntomas de menor intensidad. La mayoría de las infecciones por hongos y micobacterias afectan sólo a una articulación y, en raras ocasiones, infectan a varias de manera simultánea. Por ejemplo, la bacteria que causa la enfermedad de Lyme infecta muy a menudo las articulaciones de la rodilla. Los gonococos y los virus pueden infectar muchas articulaciones al mismo tiempo.

Diagnóstico

Una articulación infectada suele ser destruida en pocos días, a menos que el tratamiento con antibióticos se inicie inmediatamente. Por esta razón se realizan varias pruebas de diagnóstico si existe la posibilidad de infección. Es habitual extraer una muestra del líquido articular, tanto para detectar la presencia de glóbulos blancos como para efectuar pruebas complementarias, que determinarán la presencia de bacterias y otros organismos. Los cultivos en laboratorio son, en la mayoría de los casos, útiles para identificar la bacteria que causa la infección del líquido articular, a menos que la persona haya tomado antibióticos recientemente. Sin embargo, las bacterias que causan la gonorrea, la enfermedad de Lyme y la sífilis son difíciles de aislar del líquido articular.

Las bacterias responsables de las infecciones articulares aparecen frecuentemente en el flujo sanguíneo; por ello, es habitual que el médico solicite un análisis de sangre. Así mismo, se puede analizar el esputo, el líquido de la médula espinal y la orina con el fin de determinar la fuente de la infección.

Tratamiento

El tratamiento con antibióticos se inicia tan pronto como se sospecha la posibilidad de infección, incluso antes de la identificación del organismo infeccioso por parte del laboratorio. En primer lugar se administran antibióticos para eliminar las bacterias más probables y, en caso de ser necesario, se administrarán otros más adelante. Con frecuencia, se administran inicialmente los antibióticos por vía intravenosa, para asegurar que el fármaco llegue en cantidad suficiente a la articulación infectada. En raras ocasiones se inyectan directamente en la articulación. Si el tratamiento es adecuado, la mejoría se produce en el transcurso de 48 horas.

Para prevenir la acumulación de pus (que puede dañar la articulación), el médico lo extrae con una aguja. En ocasiones, se inserta un tubo para drenar el pus, sobre todo si la articulación es difícil de alcanzar con una aguja, por ejemplo, en el caso de la cadera. Si el drenaje de la articulación, practicado con una aguja o un tubo, no resulta eficaz, se puede recurrir a la cirugía o a la artroscopia (procedimiento que utiliza un microscopio especial para examinar el interior de la articulación). En un principio, se puede inmovilizar la articulación para aliviar el dolor, pero también será necesaria una rehabilitación física para prevenir la rigidez y la pérdida permanente de funciones.

Las infecciones causadas por hongos se tratan con fármacos antimicóticos y la tuberculosis, con una combinación de antibióticos. Sin embargo, las infecciones víricas suelen mejorar de forma espontánea, de ahí que sólo sea necesaria la terapia para el dolor y la fiebre.

En general, cuando se infecta una articulación artificial, resulta inadecuado el tratamiento basado únicamente en antibióticos.

Al cabo de varios días de tratamiento con antibióticos, la cirugía puede ser necesaria para sustituir la articulación.

Fuente: Manual Merck.

Reacciones alérgicas

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Las reacciones alérgicas, también llamadas reacciones de hipersensibilidad, son reacciones del sistema inmunitario en las que el tejido corporal normal resulta lesionado. El mecanismo por el cual el sistema inmunitario defiende al cuerpo es similar al que produce una reacción de hipersensibilidad que puede dañarlo. En consecuencia, los anticuerpos, los linfocitos y otras células, que son componentes protectores del sistema inmunitario, participan en las reacciones alérgicas tanto como en las reacciones a las transfusiones sanguíneas, la enfermedad autoinmune y el rechazo de un órgano trasplantado.

Cuando la gente habla de una reacción alérgica, está haciendo referencia a las reacciones que involucran a los anticuerpos de clase inmunoglobulina E (IgE). Los anticuerpos IgE se unen a células especiales, como los basófilos de la circulación y las células cebadas de los tejidos. Cuando los anticuerpos IgE que están unidos a esas células encuentran antígenos, en este caso llamados alergenos, las células se ven obligadas a liberar productos químicos que lesionan los tejidos circundantes. Un alergeno puede ser cualquier cosa (una partícula de polvo, el polen de una planta, un medicamento o un alimento) que actúe como antígeno para estimular una respuesta inmune.

En ocasiones se usa el término enfermedad atópica para describir un grupo de enfermedades, frecuentemente hereditarias, que están mediadas por la IgE, como la rinitis alérgica y el asma alérgica. Las enfermedades atópicas se manifiestan por su tendencia a producir anticuerpos de IgE ante inhalantes inofensivos, como el polen, el moho, la caspa de los animales y las partículas de polvo. El eccema (dermatitis atópica) también es una enfermedad atópica, a pesar de que en este trastorno el papel de los anticuerpos de IgE es menos claro. Sin embargo, una persona con una enfermedad atópica no corre riesgos mayores que otras personas de desarrollar anticuerpos IgE ante alergenos inyectados, como medicamentos o venenos de insectos.

Las reacciones alérgicas pueden ser leves o graves. La mayoría de ellas consiste sólo en la molestia que causa el lagrimeo y el picor en los ojos, además de algunos estornudos. En el extremo opuesto, las reacciones alérgicas pueden poner en peligro la vida si causan una repentina dificultad respiratoria, un mal funcionamiento del corazón y un acusado descenso de la presión arterial, que puede acabar en shock. Este tipo de reacción, llamada anafilaxia, puede afectar a las personas sensibles en distintas situaciones, como poco después de comer ciertos alimentos, tras la toma de determinados medicamentos o por la picadura de una abeja.

Diagnóstico

Como cada reacción alérgica es desencadenada por un alergeno específico, el principal objetivo del diagnóstico es identificar ese alergeno. El alergeno puede ser una planta estacional o el producto de una planta, como el polen de la hierba o la ambrosía, o una sustancia como la caspa del gato, ciertos medicamentos o algún alimento en particular. El alergeno puede causar una reacción alérgica cuando se deposita sobre la piel o entra en un ojo, es inhalado, ingerido o inyectado. Con frecuencia, el alergeno puede ser identificado a través de un cuidadoso trabajo de investigación llevado a cabo tanto por el médico como por el paciente.

Existen pruebas que pueden ayudar a determinar si los síntomas están relacionados con la alergia y a identificar el alergeno implicado. Una muestra de sangre puede mostrar muchos eosinófilos, un tipo de glóbulo blanco cuyo número suele incrementarse durante las reacciones alérgicas. La prueba cutánea RAST (radioalergoabsorbente) mide las concentraciones en sangre de anticuerpos IgE específicos de un determinado alergeno, lo cual puede ayudar a diagnosticar una reacción alérgica en la piel, rinitis alérgica estacional o asma alérgica.

Las pruebas cutáneas son más útiles para identificar alergenos concretos. Para realizar estas pruebas se inyectan individualmente en la piel de la persona diminutas cantidades de soluciones diluidas, hechas con extractos de árboles, hierbas, polen, polvo, caspa de animales, veneno de insectos y determinados alimentos, además de algunos fármacos. Si la persona es alérgica a una o más de esas sustancias, el lugar en el que se ha inyectado la solución se convierte en una roncha edematosa (una inflamación con enrojecimiento a su alrededor) en un plazo de 15 a 20 minutos. La prueba RAST puede ser utilizada en los casos en que no es posible realizar una prueba cutánea o no resultaría seguro llevarla a cabo. Ambas pruebas son altamente específicas y precisas, a pesar de que la prueba cutánea es generalmente un poco más precisa, suele ser más barata y los resultados se conocen de inmediato.

Tratamiento

Evitar un alergeno es mejor que intentar tratar una reacción alérgica. Evitar una sustancia puede suponer dejar de usar un determinado fármaco, instalar aire acondicionado con filtros, renunciar a tener un animal de compañía en casa o no consumir cierta clase de alimentos. En ocasiones una persona alérgica a una sustancia relacionada con un trabajo determinado se ve obligada a cambiar de empleo. Las personas con fuertes alergias estacionales pueden considerar la posibilidad de trasladarse a una región donde no exista ese alergeno.

Otras medidas consisten en reducir la exposición a un determinado alergeno. Por ejemplo, una persona alérgica al polvo de la casa puede eliminar todo el mobiliario, las alfombras y las cortinas que acumulen polvo; cubrir colchones y almohadas con protectores plásticos; quitar el polvo y limpiar las habitaciones con un paño húmedo y con bastante frecuencia; usar aire acondicionado para reducir la alta humedad interior que favorece la multiplicación de los ácaros del polvo; e instalar filtros de aire altamente eficientes.

Dado que algunos alergenos, en especial los que transporta el aire, no pueden evitarse, los médicos suelen utilizar métodos para bloquear la respuesta alérgica y prescriben medicamentos para aliviar los síntomas.

Inmunoterapia alergénica

Cuando un alergeno no puede evitarse, la inmunoterapia alergénica (inyecciones contra la alergia) puede brindar una solución alternativa. La inmunoterapia consiste en inyectar diminutas cantidades del alergeno bajo la piel en dosis gradualmente mayores hasta llegar a un nivel de mantenimiento. Este tratamiento estimula al cuerpo para que produzca anticuerpos bloqueadores o neutralizantes que puedan evitar una reacción alérgica. Finalmente, el nivel de anticuerpos IgE, que reaccionan con el antígeno, también puede descender. La inmunoterapia debe ser llevada a cabo con cuidado, porque una exposición demasiado anticipada a una alta dosis de alergeno puede desencadenar otra reacción alérgica.

A pesar de que muchas personas pueden ser sometidas a una inmunoterapia alergénica y los estudios demuestran que es beneficiosa, la relación costo-efectividad y riesgo-beneficio no siempre es favorable. Algunas personas y ciertas alergias tienden a responder mejor que otras. La inmunoterapia es más frecuentemente utilizada por personas alérgicas al polen, a los ácaros del polvo de la casa, al veneno de los insectos y a la caspa animal. En el caso de alergia a ciertos alimentos no se recomienda la inmunoterapia debido al riesgo de anafilaxia.

El procedimiento alcanza su máxima efectividad cuando se aplican inyecciones de mantenimiento durante todo el año. Para comenzar, los tratamientos suelen ponerse en práctica una vez a la semana; la mayoría de las personas puede continuar con inyecciones de mantenimiento cada 4 o 6 semanas.

Debido a que una inyección de inmunoterapia puede provocar reacciones adversas, los médicos suelen insistir en que el paciente permanezca en su consulta durante al menos 20 minutos después de la inyección. Los estornudos, la tos, el enrojecimiento, la sensación de hormigueo, el picor, la tensión en el pecho, el jadeo y la urticaria son todos posibles síntomas de una reacción alérgica. Si la persona presenta síntomas leves, la medicación (generalmente antihistamínicos), como difenhidramina o clorfeniramina) puede ayudar a bloquear la reacción alérgica. Las reacciones más graves requieren una inyección de adrenalina.

Antihistamínicos

Los antihistamínicos son los fármacos más comúnmente usados para tratar las alergias (pero no se utilizan para tratar el asma). En el cuerpo hay dos tipos de receptores de histamina: histamina1 (H1) e histamina2 (H2). El término antihistamínico suele hacer referencia a los medicamentos que bloquean el receptor de histamina1; la estimulación de este receptor con histamina produce lesiones en los tejidos. Los bloqueadores de histamina1 no deberían ser confundidos con los fármacos que bloquean el receptor de histamina2 (bloqueadores H2), que se utilizan para tratar úlceras pépticas y los ardores.

Muchos de los efectos desagradables pero de menor importancia que produce una reacción alérgica (picor en los ojos, goteo en la nariz y picor en la piel) están causados por la liberación de histamina. Otros efectos de la histamina, como el ahogo, la disminución de la presión arterial y la inflamación de la garganta que puede cortar el paso del aire, son más peligrosos.

Todos los antihistamínicos tienen efectos similares; en lo que difieren mucho es en sus indeseados efectos adversos. Tanto los efectos deseados como los generalmente indeseados varían considerablemente según el antihistamínico específico y la persona que lo usa. Por ejemplo, algunos antihistamínicos tienen un mayor efecto sedante que otros, a pesar de que la susceptibilidad a este efecto varía considerablemente. En algunos casos los efectos generalmente indeseados pueden ser utilizados en beneficio de la persona. Por ejemplo, debido a que algunos antihistamínicos tienen lo que se llama efectos anticolinérgicos (que secan las membranas mucosas), pueden ser utilizados para aliviar el goteo de la nariz causado por un resfriado.

Algunos antihistamínicos pueden adquirirse sin receta médica (son de venta libre); pueden ser de acción breve o prolongada y es posible combinarlos con descongestionantes, que constriñen los vasos sanguíneos y ayudan a reducir la congestión nasal. Otros antihistamínicos necesitan una prescripción y supervisión médica.

La mayoría de estos medicamentos tiende a causar somnolencia. De hecho, debido a su potente efecto sedante, los antihistamínicos son el ingrediente activo en muchos de los productos de venta libre que ayudan a conciliar el sueño. La mayoría de los antihistamínicos también tiene fuertes efectos anticolinérgicos, que pueden causar confusión, mareo, sequedad en la boca, estreñimiento, dificultades al orinar y visión borrosa, en especial en los ancianos. De todos modos, la mayoría de las personas no experimenta efectos adversos y puede utilizar medicamentos de venta libre, que cuestan mucho menos que los antihistamínicos no sedantes que se venden con receta. La somnolencia y otros efectos secundarios pueden ser minimizados comenzando con una pequeña dosis y aumentándola gradualmente hasta llegar a una dosis que consiga controlar los síntomas. En la actualidad existe un grupo de antihistamínicos no sedantes que además no causa efectos secundarios anticolinérgicos. En este grupo están el astemizol, la cetiricina, la loratadina y la terfenadina.

Tipos de reacciones alérgicas

Los diferentes tipos de reacciones alérgicas generalmente se clasifican según su causa, la parte del cuerpo más afectada y otros factores.

La rinitis alérgica es una reacción alérgica muy común. Se trata de una alergia a las partículas que transporta el aire (por lo general polen y hierbas, pero en ocasiones mohos, polvos y caspa de animales) que producen estornudos; picor, goteo o congestión nasal; picor cutáneo e irritación en los ojos. La rinitis alérgica puede ser estacional o perenne (todo el año).

Rinitis alérgica estacional

La rinitis alérgica estacional es una alergia al polen que transporta el aire, comúnmente llamada fiebre del heno o polinosis.

Las estaciones del polen varían considerablemente en diferentes partes de un mismo país. En ocasiones, la alergia estacional está causada por esporas de mohos.

Síntomas y diagnóstico

En cuanto comienza la estación del polen, la nariz, el paladar, la parte posterior de la garganta y los ojos comienzan a picar gradualmente o de forma brusca. Por lo general, los ojos están llorosos, comienzan los estornudos y suele caer una agüilla clara por la nariz. Algunas personas tienen dolor de cabeza y tos, y jadean; están irritables y deprimidas; pierden el apetito y tienen dificultades para conciliar el sueño. La parte interna de los párpados y el blanco de los ojos pueden inflamarse (conjuntivitis). El revestimiento de la nariz puede inflamarse y adoptar un color rojo azulado, que produce goteo y congestión nasal.

La rinitis alérgica estacional generalmente es fácil de reconocer. Las pruebas cutáneas y los síntomas que presenta la persona pueden ayudar al médico a determinar qué polen está causando el problema.

Tratamiento

Los antihistamínicos constituyen generalmente el tratamiento inicial para la rinitis alérgica estacional. En ocasiones se toma un descongestionante como la seudoefedrina o la fenilpropanolamina por vía oral junto con el antihistamínico, para aliviar el goteo y la congestión nasal.

Sin embargo, las personas con presión arterial alta deberían evitar los descongestionantes, a menos que su uso sea recomendado y controlado por un médico.

El cromoglicato disódico, un aerosol nasal, es otro fármaco que puede resultar beneficioso. El cromoglicato necesita prescripción médica y es más caro que los antihistamínicos comunes; sus efectos generalmente se limitan a las áreas en las que se aplica, como la nariz y la parte posterior de la garganta. Cuando los antihistamínicos y el cromoglicato no consiguen controlar los molestos síntomas alérgicos, el médico puede prescribir aerosoles de corticosteroides. Éstos son notablemente eficaces y los de más reciente creación no presentan efectos adversos. Cuando estas medidas fallan, puede ser necesario recurrir a los corticosteroides orales durante un breve período (por lo general menos de 10 días) para poder controlar una situación difícil.

Las personas que sufren efectos adversos graves a muchos medicamentos, las que tienen que tomar con frecuencia corticosteroides orales o las que tienen asma deberían considerar someterse a la inmunoterapia alergénica, una serie de inyecciones que pueden ayudar a evitar los síntomas de alergia. La inmunoterapia alergénica para la rinitis alérgica estacional debe comenzar meses antes de la época de polinización.

Rinitis alérgica perenne

La rinitis alérgica perenne (todo el año) produce síntomas similares a los de la rinitis alérgica estacional, pero varían en intensidad, generalmente de forma impredecible, durante todo el año.

Los alergenos de la rinitis alérgica perenne pueden ser los ácaros del polvo de la casa, las plumas, la caspa animal o el moho. No es habitual que la persona tenga conjuntivitis. La congestión nasal, que sí es frecuente, puede obstruir las trompas de Eustaquio de los oídos y causar problemas auditivos, especialmente en los niños. El médico debe diferenciar la rinitis alérgica perenne de las infecciones recurrentes de senos (sinusitis) y de las formaciones anormales que afectan la nariz (pólipos nasales). La sinusitis y los pólipos nasales pueden ser complicaciones de la rinitis alérgica.

Algunas personas que padecen inflamación nasal crónica, sinusitis, pólipos nasales, resultados negativos en las pruebas cutáneas y que presentan gran cantidad de eosinófilos (un tipo de glóbulo blanco) en sus secreciones nasales tienden a presentar reacciones graves con la aspirina u otros fármacos antiinflamatorios no esteroideos. Dicha reacción adversa suele manifestarse como un grave ataque de asma difícil de tratar. Las personas que son propensas a tener esta reacción deberían evitar el uso de fármacos antiinflamatorios no esteroideos.

Quienes tienen la nariz crónicamente congestionada pero no están afectados de sinusitis, pólipos nasales ni alergia demostrable, pueden tener una enfermedad diferente (rinitis vasomotora) cuyo origen no es alérgico.

Tratamiento

Si se identifican alergenos específicos, el tratamiento para la rinitis alérgica perenne es muy similar al de la rinitis alérgica estacional. A pesar de que, por lo general, no se recomienda el uso de corticosteroides orales, los aerosoles nasales de venta con receta pueden ser muy beneficiosos. Las gotas nasales o los aerosoles descongestionantes de venta libre no deberían ser utilizados durante más de unos pocos días cada vez, porque recurrir a ellos continuamente durante una semana o más puede producir un efecto rebote que puede empeorar o prolongar la inflamación nasal. En algunos casos es necesaria la cirugía para eliminar los pólipos nasales o para tratar una infección de los senos paranasales.

Conjuntivitis
Nótese el aspecto inflamado (hipervascularizado) de la conjuntiva.

Conjuntivitis alérgica

La conjuntivitis alérgica es una inflamación de origen alérgico de la conjuntiva, la delgada membrana que recubre el interior de los párpados y la superficie externa del ojo.

En la mayoría de las personas, la conjuntivitis alérgica es parte de un síndrome alérgico mayor, como la rinitis alérgica estacional. Sin embargo, puede ser el único trastorno que afecte a las personas que tienen contacto directo con ciertas sustancias transportadas por el viento, como el polen, las esporas fúngicas, el polvo y la caspa de animales. El blanco del ojo se vuelve rojo y se inflama y los ojos pican y pueden “llorar” intensamente. Los párpados pueden hincharse y enrojecer.

La sensibilización, que es una exposición a un determinado antígeno que produce una reacción de hipersensibilidad, también puede ocurrir cuando se utilizan gotas y pomadas para los ojos, cosméticos como perfilador de ojos y polvo facial, o productos químicos que llegan a los ojos a través de los dedos (como puede suceder cuando una persona trabaja con productos químicos). Estas reacciones, que generalmente afectan a la piel del párpado y a la que rodea el ojo, son ejemplos de dermatitis de contacto.

Tratamiento

Los antihistamínicos orales son el principal tratamiento para la conjuntivitis alérgica. Los antihistamínicos también pueden administrarse en forma de gotas oculares, que generalmente se combinan con vasoconstrictores para reducir el enrojecimiento.

Sin embargo, el antihistamínico en sí mismo, o algún otro componente de la solución, en ocasiones empeora aún más la reacción alérgica, por lo que, en general, es preferible recurrir a los antihistamínicos orales. El cromoglicato, que también se presenta en forma de gotas oftálmicas, evita los síntomas alérgicos cuando una persona supone que entrará en contacto con un alergeno. Las gotas oftálmicas que contienen corticosteroides pueden ser utilizadas en casos muy serios pero pueden causar complicaciones, como glaucoma. Un oftalmólogo debe comprobar la presión ocular con regularidad cuando una persona está siendo tratada con corticosteroides aplicados directamente sobre los ojos.

Limpiar los ojos con lavados oculares suaves, como las lágrimas artificiales, puede ayudar a reducir la irritación. Debería evitarse cualquier sustancia que pudiese estar causando la reacción alérgica. Durante los episodios de conjuntivitis no deberían utilizarse lentes de contacto. Cuando otros tratamientos no producen resultados satisfactorios puede recomendarse la inmunoterapia alergénica.

Alergia e intolerancia alimentaria

Una alergia alimentaria es una reacción alérgica a un alimento en particular. Una enfermedad mucho más común, la intolerancia alimentaria, no es una reacción alérgica, pero constituye un efecto indeseable producido por la ingestión de un alimento determinado.

Son muchas las personas que no pueden tolerar ciertos alimentos por varios motivos que no son la alergia; por ejemplo, pueden carecer de la enzima necesaria para digerirlos. Si el sistema digestivo no puede tolerar ciertos alimentos, el resultado puede ser un trastorno gastrointestinal, gases, náuseas, diarrea u otros problemas. Por lo general las reacciones alérgicas no son responsables de estos síntomas. Existen varias pretensiones controvertidas acerca de la “alergia alimentaria”, en las cuales se culpa a ciertos alimentos de problemas que van de la hiperactividad infantil a la fatiga crónica. Otras opiniones poco fundadas culpan a la alergia alimentaria de la artritis, el bajo rendimiento deportivo, la depresión y otros problemas.

Síntomas

Un problema común, que puede ser una manifestación de alergia alimentaria, comienza en la infancia y surge habitualmente cuando en la familia existen casos de enfermedades atópicas (como la rinitis alérgica o el asma alérgica). El primer indicio de predisposición alérgica puede ser una erupción cutánea como el eccema (dermatitis atópica). Dicha erupción puede estar acompañada o no por síntomas gastrointestinales, como náuseas, vómitos y diarrea, y puede o no estar causada por una alergia alimentaria. Cuando el niño cumple su primer año de vida, el eccema ya casi no es un problema. Los niños con alergias a ciertos alimentos probablemente contraigan otras enfermedades atópicas a medida que crecen, como asma alérgica y rinitis alérgica estacional. Sin embargo, en los adultos y los niños de más de 10 años, es muy poco probable que los alimentos sean responsables de los síntomas respiratorios, a pesar de que las pruebas cutáneas (de la piel) resulten positivas.

Algunas personas sufren reacciones alérgicas muy graves ante potentes alergenos específicos de los alimentos, en especial las nueces, las legumbres, las semillas y los mariscos. Las personas alérgicas a estos alimentos pueden reaccionar violentamente al comer una mínima cantidad de la sustancia en cuestión. Pueden cubrirse de una erupción por todo el cuerpo, sentir que su garganta se inflama hasta cerrarse y tener dificultades respiratorias. Una repentina caída de la presión arterial puede provocar mareos y un colapso. Esta emergencia, potencialmente mortal, recibe el nombre de anafilaxia. Algunas personas padecen anafilaxia únicamente si realizan ejercicios físicos inmediatamente después de comer el alimento al que son alérgicas.

Los aditivos alimentarios pueden provocar síntomas como resultado de una alergia o de una intolerancia. Algunos alimentos contienen toxinas o sustancias químicas (por ejemplo, histamina) que son responsables de reacciones adversas no alérgicas. Compuestos tales como el glutamato monosódico (GMS) no producen alergias. Los sulfitos (por ejemplo el metabisulfito, presente en muchos productos alimenticios como conservante) y los colorantes (por ejemplo la tartracina, un colorante amarillo que se usa en los caramelos, las bebidas no alcohólicas, y muchas comidas comercialmente preparadas) provocan asma y urticaria en las personas sensibles a esas sustancias. Otras sufren migrañas después de comer ciertos alimentos.

Las alergias y las intolerancias alimentarias suelen ser bastante obvias, a pesar de que no siempre es fácil diferenciar una verdadera alergia de una intolerancia. En los adultos, la digestión aparentemente evita las respuestas alérgicas ante muchos alergenos ingeridos oralmente. Un ejemplo es el asma del panadero, en el cual los trabajadores de las panaderías comienzan a ahogarse cuando respiran polvo de harina u otros granos, a pesar de que pueden comerlos sin sufrir ninguna reacción alérgica.

Diagnóstico

Las pruebas cutáneas en algunos casos permiten diagnosticar una alergia alimentaria; un resultado positivo no necesariamente significa que una persona sea alérgica a un alimento en particular, pero un resultado negativo señala que es improbable que sea sensible a dicho alimento. Después de un resultado positivo en una prueba cutánea, el alergólogo puede necesitar realizar una prueba oral para llegar al diagnóstico definitivo. En una prueba de provocación oral, el alimento sospechoso se oculta en otra sustancia, como leche o compota de manzana, y el paciente lo ingiere. Si no aparecen síntomas, la persona no es alérgica a ese alimento. Las mejores pruebas son las pruebas “ciegas”; es decir, a veces el alimento en cuestión efectivamente está mezclado con otra sustancia, y otras veces no. De esta forma, el médico puede determinar con certeza si el paciente presenta alergia a ese alimento en especial.

Una dieta de eliminación puede ayudar a identificar la causa de una alergia. La persona deja de ingerir los alimentos que presumiblemente están provocando los síntomas. Más tarde comienzan a introducirse en la dieta de uno en uno. El médico puede sugerir la dieta con la cual se debe comenzar, que hay que respetar estrictamente y que sólo debe contener productos puros. No es fácil seguir esta dieta, porque muchos productos alimenticios están ocultos formando parte, como ingredientes, de otros alimentos. Por ejemplo, el pan de centeno común contiene un poco de harina de trigo. No pueden consumirse más alimentos ni bebidas que los especificados en la dieta inicial. No es recomendable comer en restaurantes, ya que la persona (y el médico) debe conocer cada ingrediente de todo plato que coma.

Tratamiento

No existe otro tratamiento específico para las alergias alimentarias más que dejar de comer los alimentos que las producen. Las personas gravemente alérgicas que sufren erupciones, hinchazón (urticaria) en los labios y la garganta, o bien no pueden respirar, deben tomar la precaución de evitar los alimentos que les perjudican.

La desensibilización, que se realiza comiendo pequeñas cantidades de un alimento o colocando gotas de extracto de alimentos bajo la lengua, no ha dado buenos resultados. Los antihistamínicos resultan poco prácticos como terapia de prevención, pero pueden ser beneficiosos en reacciones generales agudas con urticaria y en la urticaria gigante (angioedema).

Anafilaxia

La anafilaxia es una reacción alérgica aguda, generalizada, potencialmente grave y en ocasiones mortal que se produce en personas que han sido previamente sensibilizadas mediante la exposición a un alergeno y que entran en contacto directo con el mismo alergeno una vez más.

La anafilaxia puede estar causada por un alergeno. Los más frecuentes son los medicamentos, las picaduras de insectos, ciertos alimentos y las inyecciones de inmunoterapia alergénica. La anafilaxia no ocurre en la primera exposición a un alergeno. Por ejemplo, la primera exposición a la penicilina o la primera picadura de abeja no desencadenan la anafilaxia, pero la siguiente sí puede hacerlo. De todos modos, muchas personas no recuerdan haber tenido una primera exposición.

Una reacción anafiláctica comienza cuando el alergeno entra en el flujo sanguíneo y reacciona con un anticuerpo de clase inmunoglobulina E (IgE). Esta reacción incita a las células a liberar histamina y otras sustancias que participan en las reacciones inmunes inflamatorias. Como respuesta, las vías respiratorias de los pulmones pueden cerrarse y provocar ahogo; los vasos sanguíneos pueden dilatarse y hacer que la presión arterial descienda; las paredes de los vasos sanguíneos pueden dejar escapar líquido, provocando hinchazón y urticaria. El corazón puede funcionar mal, latir de forma irregular y bombear sangre de forma inadecuada. La persona puede entrar en estado de shock.

Las reacciones anafilactoides se parecen a las anafilácticas pero pueden tener lugar después de la primera inyección de ciertos fármacos (por ejemplo polimixina, pentamidina, opioides o medios de contraste utilizados en los estudios radiológicos). En el mecanismo no participan los anticuerpos IgE y, en consecuencia, no se trata de una reacción alérgica. La aspirina y otros medicamentos antiinflamatorios no esteroideos pueden causar reacciones anafilácticas en algunas personas, en particular, aquellas con rinitis alérgica perenne y pólipos nasales.

Síntomas

Los síntomas comienzan inmediatamente o casi siempre en las dos horas posteriores a la exposición a la sustancia perjudicial. La persona puede sentirse inquieta, estar agitada y tener palpitaciones, hormigueo, piel enrojecida y picor, palpitaciones en los oídos, tos, estornudos, urticaria, hinchazones o una mayor dificultad para respirar debido al asma o a la obstrucción de la tráquea. El colapso cardiovascular puede producirse sin síntomas respiratorios. Por lo general, un episodio incluye síntomas respiratorios o cardiovasculares, no ambos, y la persona repite el mismo cuadro de síntomas en episodios subsiguientes. No obstante, la anafilaxia puede evolucionar tan rápidamente que puede producir un colapso, convulsiones, incontinencia de la orina, inconsciencia o un ataque cerebral súbito en el término de uno o dos minutos. La anafilaxia puede ser fatal a menos que se instaure un tratamiento de emergencia de forma inmediata.

Prevención

Una persona que ha padecido anafilaxia a partir de una picadura de abeja probablemente repita la experiencia si vuelve a ser picada. Lo mismo sucede ante una repetida exposición a otros alergenos, como un medicamento. Hacer pruebas cutáneas cada vez que se deba administrar dicho medicamento no resulta práctico. Sin embargo, a las personas que tienen antecedentes de alergia al suero animal (por ejemplo, la antitoxina del tétanos procedente de caballo) o a la penicilina se las somete a pruebas antes de recibir estos productos.

La inmunoterapia alergénica prolongada evitará la anafilaxia en personas alérgicas a sustancias imposibles de evitar, como las procedentes de las picaduras de insectos. No se recurre a la inmunoterapia cuando la sustancia perjudicial puede ser evitada, como la penicilina y otros fármacos.

Sin embargo, si una persona necesita un medicamento en particular (como penicilina o una antitoxina procedente del suero de caballo), es posible llevar a cabo la desensibilización rápidamente con un control estricto en la consulta del médico o bien en un hospital.

Algunas personas tienen antecedentes de reacciones anafilácticas a los colorantes (medios de contraste) inyectados para ciertos estudios radiológicos. A pesar de que los médicos intentan evitar su uso en pacientes con estas características, algunos trastornos no se pueden diagnosticar sin ellos. En esos casos pueden utilizarse medios de contraste especiales que reducen la incidencia de las reacciones. Además, los medicamentos que bloquean las reacciones anafilácticas, como la prednisona, la difenhidramina o la efedrina, pueden ser beneficiosos si se administran antes de inyectar el contraste.

Tratamiento

El primer tratamiento para la anafilaxia es una inyección de adrenalina. Las personas alérgicas a las picaduras de insectos o a ciertos alimentos, en especial las que han tenido ya un ataque de anafilaxia, siempre deberían llevar consigo una jeringa autoinyectable de adrenalina para un tratamiento de emergencia.

Por lo general este tratamiento detiene las reacciones anafilácticas. No obstante, toda persona que tenga una reacción anafiláctica debería acudir al servicio de urgencias de un hospital a la mayor brevedad posible, porque puede ser necesario realizar un cuidadoso control de los sistemas cardiovascular y respiratorio, además de poder disponer de un tratamiento rápido y complejo.

Urticaria

La urticaria es una reacción de la piel caracterizada por la presencia de pequeñas elevaciones de color claro o bien rojizos (ronchas).

Existe una enfermedad llamada angioedema que está relacionada con la urticaria y que a veces coexiste con ésta; afecta a zonas mucho más grandes y tejidos más profundos bajo la piel. La urticaria y el angioedema son reacciones de tipo anafiláctico que se limitan a la piel y los tejidos subyacentes. Pueden desencadenarse por alergenos u otros agentes, o bien no tener una causa conocida. Los alergenos más frecuentes son los medicamentos, las picaduras de insectos, las inyecciones contra la alergia y ciertos alimentos, en particular huevos, mariscos, nueces y frutas. En ocasiones la urticaria surge de improviso poco después de que la persona ingiere una ínfima cantidad de un determinado alimento. En otros casos la urticaria aparece sólo después de comer grandes cantidades de un alimento en particular (por ejemplo, fresas). En ciertos casos, la urticaria también aparece tras infecciones víricas, como la hepatitis, la mononucleosis infecciosa y la rubéola.

La urticaria que recurre a lo largo de semanas o meses suele ser difícil de explicar; es posible que nunca se encuentre una causa específica. Es muy raro que la causa sea una alergia, a pesar de que el uso prolongado e indiscriminado de un aditivo alimentario, un medicamento u otro producto químico puede ser el responsable. Como ejemplo figuran los conservantes, los colorantes y otros aditivos alimentarios; los ínfimos rastros de penicilina en la leche (utilizada por los granjeros para tratar las infecciones de las vacas); y algunos medicamentos de venta libre. Muy raramente, la urticaria se asocia a una enfermedad crónica concurrente (lupus eritematoso sistémico, policitemia vera, linfoma, hipertiroidismo o una infección). A pesar de que se suele sospechar de ciertos factores psicológicos, rara vez son identificados.

Determinados fármacos, como la aspirina, pueden agravar los síntomas. Una persona con urticaria causada por la aspirina puede reaccionar de forma similar ante otros medicamentos antiinflamatorios no esteroideos, como el ibuprofeno, o bien ante la tartracina, un colorante amarillo utilizado para dar color a algunos alimentos y medicamentos. El angioedema que recurre y que no se acompaña de signos de urticaria común puede ser un trastorno llamado angioedema hereditario.

Síntomas y diagnóstico

El picor es generalmente el primer síntoma de la urticaria, rápidamente seguido de ronchas (áreas de la piel ligeramente elevadas, lisas, de color más rojizo o claro que la piel que las rodea, y que suelen tener un reducido tamaño, menos de 1,5 cm de diámetro). Cuando las ronchas son mayores (hasta 20 cm de diámetro), las zonas centrales suelen tener un color más claro y forman anillos. Por lo general, los brotes de urticaria aparecen y desaparecen; una roncha puede durar varias horas, para luego desaparecer y volver a surgir en otro sector.

En el caso del angioedema, la inflamación suele cubrir áreas de mayor superficie y extenderse por debajo de la piel. Puede afectar una parte o la totalidad de las manos, los pies, los párpados, los labios o los genitales, o incluso el revestimiento de la boca, la garganta y las vías respiratorias, lo que dificulta la respiración.

Cuando la urticaria aparece de pronto y desaparece rápidamente sin recurrir, por lo general no se necesita revisión médica; rara vez revela una causa diferente de lo que resultaba obvio desde un principio. Pero cuando el angioedema o la urticaria recurren sin explicación, por lo general es aconsejable consultar a un médico.

Tratamiento

La urticaria que aparece de improvisto por lo general desaparece sin tratamiento en el transcurso de días o, a veces, de minutos. Si la causa no es obvia, la persona afectada debería dejar de tomar todos los medicamentos no esenciales hasta que dicha reacción remita. Tomar antihistamínicos como difenhidramina, clorfeniramina o hidroxicina alivia parcialmente el picor y reduce la inflamación. Tomar prednisona, un corticosteroide, durante varios días puede reducir una inflamación y un picor muy intensos.

Si la persona sufre un colapso o tiene dificultades para tragar o respirar debe recibir tratamiento urgentemente. Se aplica una inyección de adrenalina junto con el antihistamínico lo antes posible. Lo ideal es continuar el tratamiento en el servicio de urgencias de un hospital, donde será posible controlarlo cuidadosamente y ajustarlo de acuerdo con las necesidades.

La urticaria crónica también puede aliviarse con antihistamínicos. El antidepresivo doxepina resulta efectivo en algunos adultos. Debido a que el uso de corticosteroides durante más de 3 a 4 semanas causa varios efectos adversos, sólo se prescriben en caso de síntomas graves y cuando todos los demás tratamientos han fallado, y deben administrarse durante el menor tiempo posible. En aproximadamente la mitad de los casos, la urticaria crónica desaparece en dos años. Controlar el estrés suele ayudar a reducir la frecuencia y la gravedad de los ataques.

Angioedema hereditario

El angioedema hereditario es un trastorno genético asociado con una deficiencia del inhibidor C1, una proteína de la sangre.

El inhibidor C1 es parte del sistema del complemento, un grupo de proteínas que participan en algunas reacciones alérgicas e inmunes. La deficiencia o la actividad anormal del inhibidor C1 produce episodios de inflamación en zonas locales de piel y en el tejido que se encuentra debajo, así como en membranas mucosas que cubren orificios del cuerpo como la boca, la garganta y el tracto gastrointestinal. Las lesiones o las enfermedades víricas suelen precipitar los ataques, que pueden agravarse con el estrés emocional. Por lo general, los ataques producen zonas de inflamación que, a su vez, causan dolor en lugar de picor, y están acompañadas de urticaria. Muchas personas tienen náuseas, vómitos y calambres. La complicación más grave es la inflamación de las vías respiratorias superiores, que puede dificultar la respiración. El diagnóstico se establece mediante análisis de sangre que miden las concentraciones o la actividad del inhibidor C1.

Tratamiento

Un fármaco llamado ácido aminocaproico en ciertos casos puede acabar con un ataque de angioedema hereditario. Suele administrarse adrenalina, antihistamínicos y corticosteroides, a pesar de que no existe certeza absoluta de que estos medicamentos sean eficaces. La respiración puede quedar rápidamente bloqueada, y es posible que durante un ataque agudo sea necesario colocar un tubo respiratorio en la tráquea.

Ciertos tratamientos pueden contribuir a evitar un ataque. Por ejemplo, antes de someterse a un procedimiento quirúrgico o dental menor, la persona afectada de angioedema hereditario puede recibir una transfusión de plasma fresco para elevar la concentración de inhibidor C1 en la sangre. Administrar inhibidor C1 purificado puede evitar ataques de angioedema hereditario, pero aún no está disponible para uso general. Para una prevención prolongada, los anabólicos esteroides orales (andrógenos) como el estanozolol o el danazol pueden hacer que el cuerpo produzca más inhibidor C1. Como estos fármacos pueden tener efectos secundarios masculinizantes, las dosis se evalúan y controlan cuidadosamente cuando quien los utiliza es una mujer.

Mastocitosis

La mastocitosis es un trastorno en el que las células cebadas, células productoras de histamina que participan en las reacciones inmunes, se acumulan en los tejidos de la piel y, en ocasiones, en otras partes del cuerpo.

La forma más frecuente de mastocitosis puede limitarse a la piel, especialmente en los niños, o afectar a otros órganos, como el estómago, los intestinos, el hígado, el bazo, los ganglios linfáticos y los huesos. Las formas más raras de mastocitosis pueden estar asociadas a un grave trastorno de la sangre (como la leucemia aguda, el linfoma, la neutropenia o un trastorno mieloproliferativo) o a enfermedades muy graves llamadas leucemia de células cebadas y mastocitosis agresiva. Alrededor del 90 por ciento de las personas con mastocitosis común y menos del 50 por ciento de personas con otras formas de mastocitosis padece urticaria pigmentosa (pequeños puntos de color marrón rojizo dispersos por todo el cuerpo, que suelen producir urticaria y enrojecimiento cuando se friccionan o rascan).

Se ignora cuál es la causa de la mastocitosis. Con el paso de los años se acumulan cada vez más células cebadas, y ello produce un gradual incremento de la sintomatología, que, de todos modos, se puede controlar durante décadas con medicación. Algunas personas afectadas de mastocitosis tienen dolor en las articulaciones y los huesos y tienden a sufrir graves reacciones alérgicas, incluyendo síntomas similares a los de la anafilaxia. También pueden desarrollar úlceras pépticas y diarrea crónica porque su estómago produce demasiada histamina.

Tratamiento

El tratamiento de la mastocitosis requiere dos tipos de antihistamínicos: bloqueadores de los receptores de histamina1, los que se toman para las alergias, y bloqueadores de los receptores de histamina2, que se utilizan para las úlceras pépticas. Si la mastocitosis está asociada a algún grave trastorno, el tratamiento es mucho más complicado.

Alergia física

La alergia física es una enfermedad en la que los síntomas alérgicos aparecen en respuesta a un estímulo físico, como el frío, la luz solar, el calor o una lesión poco importante.

El picor, las manchas en la piel y la urticaria son los síntomas más comunes de la alergia física. En algunas personas, las vías respiratorias que llegan a los pulmones se constriñen y entonces se hace difícil respirar. Una fuerte reacción a la luz solar (fotosensibilidad) puede producir urticaria y manchas inusuales en la piel. La fotosensibilidad también puede derivar del uso simultáneo de varios medicamentos o sustancias aplicadas a la piel.

Las personas especialmente sensibles al calor pueden contraer una enfermedad llamada urticaria colinérgica: pequeñas zonas de urticaria que pican intensamente, rodeadas por un aro de piel enrojecida. La urticaria colinérgica también aparece a causa del ejercicio físico, el estrés emocional o cualquier otra actividad que produzca sudación. Las personas particularmente sensibles al frío pueden presentar urticaria, inflamación de la piel, asma, o goteo y congestión nasal cuando se exponen al frío.

Tratamiento

La mejor forma de afrontar una alergia física es prevenirla evitando lo que tiende a causarla. Las personas que presentan síntomas alérgicos deberían dejar de usar cosméticos y cremas para la piel, lociones y aceites durante un tiempo, con el fin de comprobar si una de estas sustancias está agravando la alergia. Antihistamínicos como difenhidramina, ciproheptadina o hidroxicina suelen aliviar el picor. La ciproheptadina tiende a funcionar mejor en casos de urticaria provocada por el frío y la hidroxicina para la urticaria causada por el estrés. Las personas muy sensibles a la luz solar deberían usar cremas protectoras y evitar al máximo la exposición al sol.

Reacciones alérgicas inducidas por el ejercicio físico

En algunas personas, el ejercicio físico puede producir un episodio de asma o una reacción anafiláctica aguda.

El asma es un tipo de reacción anormal inducida por el ejercicio físico. Esta clase de asma inducida por la actividad física suele afectar a las personas que normalmente tienen asma, pero en otros casos el asma sólo se manifiesta con el ejercicio. Se experimenta una sensación de tensión en el pecho, asociada con jadeos y dificultades respiratorias, tras 5 o 10 minutos de ejercicio físico intenso, generalmente una vez que el ejercicio ha finalizado. El asma inducida por el ejercicio físico suele aparecer con mayor facilidad cuando el aire es frío y seco.

Una enfermedad mucho más rara es la anafilaxia inducida por el ejercicio, que puede ocurrir tras una actividad física intensa. Algunas personas la padecen sólo si ingieren un alimento específico antes de realizar dicha actividad física.

Tratamiento

En los casos de asma inducida por el ejercicio físico, el objetivo del tratamiento es hacer posible el ejercicio sin que aparezcan los síntomas. Por lo general, ello puede lograrse inhalando un fármaco betaadrenérgico alrededor de 15 minutos antes de comenzar con los ejercicios. En algunas personas el cromoglicato da buenos resultados. Para las personas que tienen asma, controlar su enfermedad suele evitarles también la forma inducida por el ejercicio.

Quienes padecen anafilaxia inducida por el ejercicio deberían evitar el ejercicio físico o bien el alimento que desencadena los síntomas cuando se combina con aquél. Algunas personas descubren que el hecho de incrementar poco a poco el grado y la duración de la actividad física les permite tolerarla más. Siempre deberían llevar consigo una jeringa autoinyectable con adrenalina para un tratamiento de urgencia.

Fuente: Manual Merck.

Trastornos convulsivos

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Una convulsión es la respuesta a una descarga eléctrica anormal en el cerebro.

El término crisis convulsiva describe varias experiencias y manifestaciones de la conducta y no es lo mismo que convulsión, aunque los términos se utilicen a veces como sinónimos. Cualquier cosa que irrite el cerebro puede producir una convulsión. Dos tercios de las personas que experimentan una convulsión nunca tienen una segunda. Un tercio tienen convulsiones recurrentes (una enfermedad denominada epilepsia).

Precisamente, lo que sucede durante una convulsión dependerá de qué parte del cerebro ha sido afectada por la descarga eléctrica anormal. Esta descarga puede afectar a una pequeña zona del cerebro y hacer que la persona sólo perciba un olor o sabor extraño, o bien puede incidir en un área amplia del cerebro y producir una convulsión (sacudidas y espasmos de los músculos de todo el cuerpo). La persona puede también experimentar ataques breves de una alteración de la consciencia, pierde el conocimiento, el control muscular o el control de la vejiga urinaria (incontinencia urinaria), y sufre un estado de confusión. Por lo general, las convulsiones están precedidas por auras (sensaciones extrañas de olores, sabores o visiones, o un fuerte presentimiento de que va a empezar la crisis). En ocasiones se tratará de sensaciones agradables y en otras, sumamente desagradables. Estas auras se manifiestan en el 20 por ciento de las personas afectadas de epilepsia.

El ataque suele durar entre 2 y 5 minutos. Cuando concluye, la persona puede tener dolor de cabeza, dolor muscular, sensaciones raras, confusión y fatigabilidad extrema (conocido como estado poscrítico). Habitualmente, la persona no recuerda qué sucedió durante el episodio.

Espasmos infantiles y convulsiones febriles

En niños ocurren dos clases de convulsiones casi exclusivamente. Los espasmos infantiles (crisis salutatorias) se caracterizan porque el niño, que se halla acostado de espaldas, de repente hace una flexión brusca de los brazos, flexiona hacia delante el cuello y el tronco y extiende las piernas. Las crisis duran apenas unos segundos, pero pueden repetirse muchas veces al día. Generalmente ocurren en niños menores de 3 años, y más adelante, muchas de ellas pueden evolucionar típicamente hacia otras formas convulsivas. La mayoría de los niños con espasmos infantiles tiene un deterioro mental asociado o retrasos del desarrollo neurológico; el retraso mental suele persistir en la edad adulta. Las convulsiones difícilmente se controlan con fármacos antiepilépticos.

Las convulsiones febriles son consecuencia de la fiebre en niños entre 3 meses y 5 años de edad. Suele afectar al 4 por ciento de todos los niños y tienden a ocurrir en familias. En general un niño que tiene una convulsión febril tendrá solamente una, y la mayoría de estas convulsiones dura menos de 15 minutos. Los niños que han tenido convulsiones febriles son algo más propensos a desarrollar epilepsia más adelante.

Epilepsia

La epilepsia es un trastorno caracterizado por la tendencia a sufrir convulsiones recidivantes.

En algún momento el 2 por ciento de la población adulta tiene alguna convulsión. Un tercio de ese grupo tienen convulsiones recurrentes (epilepsia). En alrededor del 25 por ciento de los adultos con epilepsia es posible conocer la causa cuando se realizan pruebas como un electroencefalograma (EEG), que revela una actividad eléctrica anormal, o una resonancia magnética (RM), que puede poner de manifiesto cicatrices en pequeñas áreas del cerebro. En algunos casos, estos defectos pueden ser cicatrices microscópicas como consecuencia de una lesión cerebral durante el nacimiento o después de éste. Algunos tipos de trastornos convulsivos son hereditarios (como la epilepsia juvenil mioclónica). En el resto de las personas con epilepsia la enfermedad se denomina idiopática, es decir, no se evidencia ninguna lesión cerebral ni se conoce la causa.

Las personas con epilepsia idiopática habitualmente tienen su primera crisis convulsiva entre los 2 y los 14 años de edad. Las convulsiones antes de los 2 años de edad suelen estar causadas por defectos cerebrales, desequilibrios en la sangre o fiebres elevadas. Es más probable que las convulsiones que se inician después de los 25 años sean consecuencia de un traumatismo cerebral, un accidente vascular cerebral u otra enfermedad.

Las crisis epilépticas pueden estar desencadenadas por sonidos repetitivos, luces centelleantes, videojuegos o incluso tocando ciertas partes del cuerpo. Incluso un estímulo leve puede desencadenar las convulsiones en personas con epilepsia. Hasta en las que no padecen epilepsia, un estímulo muy fuerte puede desencadenarla (como ciertos fármacos, valores bajos de oxígeno en sangre o valores muy bajos de azúcar en sangre).

Síntomas

Las convulsiones epilépticas a veces se clasifican según sus características. Las convulsiones parciales simples se inician con descargas eléctricas en un área pequeña del cerebro y estas descargas permanecen limitadas a esa zona. Según la parte afectada del cerebro, la persona experimenta sensaciones anormales, movimientos o aberraciones psíquicas. Por ejemplo, si la descarga eléctrica se produce en la parte del cerebro que controla los movimientos musculares del brazo derecho, éste puede presentar espasticidad muscular intensa y contracciones. Si ocurre en lo más profundo del lóbulo anterior (la parte del cerebro que percibe los olores), la persona puede sentir un olor placentero o desagradable muy intenso. La persona con una aberración psíquica puede experimentar, por ejemplo, un sentimiento de «déjà vu», por el que un entorno desconocido le parece inexplicablemente familiar.

En las convulsiones jacksonianas, los síntomas se inician en una parte aislada del cuerpo, como la mano o el pie, y luego ascienden por la extremidad al mismo tiempo que la actividad eléctrica se extiende por el cerebro. Las convulsiones parciales complejas (psicomotoras) se inician con un período de uno o dos minutos durante el cual la persona pierde contacto con su entorno. La persona puede tambalearse, realizar movimientos involuntarios y torpes de brazos y piernas, emitir sonidos ininteligibles, no entender lo que los demás expresan y puede resistirse a que le presten ayuda. El estado confusional dura unos minutos y se sigue de una recuperación total.

Las crisis convulsivas (gran mal o convulsiones tónico-clónicas) se inician en general con una descarga eléctrica anormal en una pequeña área del cerebro. La descarga se extiende rápidamente a las partes adyacentes del cerebro y causan la disfunción de toda el área. En la epilepsia primaria generalizada, las descargas anormales recaen sobre un área amplia del cerebro y causan una disfunción extensa desde el principio. En cualquier caso, las convulsiones son la respuesta del organismo a las descargas anormales. Durante estas crisis convulsivas la persona experimenta una pérdida temporal de consciencia, espasticidad muscular intensa y contracciones en todo el cuerpo, giros forzados de la cabeza hacia un lado, rechinar de dientes (bruxismo) e incontinencia urinaria. Después, puede tener cefalea, confusión temporal y fatigabilidad extrema. Habitualmente la persona no recuerda lo sucedido durante la crisis.

El pequeño mal (crisis de ausencia) suele iniciarse en la infancia antes de los 5 años de edad. No produce convulsiones ni los demás síntomas dramáticos del gran mal. En cambio, la persona tiene episodios de mirada perdida, pequeñas contracciones de los párpados o contracciones de los músculos faciales que duran de 10 a 30 segundos. La persona está inconsciente, pero no cae al suelo, no se produce colapso ni presenta movimientos espásticos.

Actividad cerebral durante una crisis convulsiva
Un electroencefalograma (EEG) es un registro de la actividad eléctrica del cerebro. El procedimiento es sencillo e indoloro.
Se fijan unos 20 electrodos al cuero cabelludo y se registra la actividad cerebral en condiciones normales. Entonces la persona es expuesta a varios estímulos, como luces brillantes o centelleantes con el fin de provocar una crisis convulsiva. Durante ésta, la actividad eléctrica del cerebro se acelera produciendo un patrón desordenado en forma de ondas. Estos registros de las ondas cerebrales ayudan a identificar la epilepsia. Diferentes tipos de crisis convulsivas tienen distintos patrones de ondas.

En el estado epiléptico (status epilepticus), el más grave de los trastornos convulsivos, las convulsiones no se detienen. El estado epiléptico es una urgencia médica porque la persona tiene convulsiones acompañadas de intensas contracciones musculares, no puede respirar adecuadamente y tiene extensas (difusas) descargas eléctricas en el cerebro. Si no se procede al tratamiento inmediato, el corazón y el cerebro pueden resultar permanentemente lesionados y puede sobrevenir la muerte.

Diagnóstico

Si una persona presenta una pérdida de consciencia, desarrolla espasticidad muscular con sacudidas de todo el cuerpo, presenta incontinencia urinaria o de repente sufre un estado de confusión mental y falta de concentración, puede que esté afectada de una crisis convulsiva. Pero las verdaderas convulsiones son mucho menos frecuentes de lo que supone la mayoría de las personas, porque gran parte de los episodios de inconsciencia de corta duración o de manifestaciones anómalas de la conducta no se debe a descargas eléctricas anormales en el cerebro.

Para el médico puede ser de mucha importancia la versión de un testigo ocular del episodio ya que éste podrá hacer una descripción exacta de lo ocurrido, en tanto que la persona que ha sufrido la crisis no suele estar en condiciones para referirlo. Es preciso conocer las circunstancias que rodearon el episodio: con qué rapidez se inició, si se observaron movimientos musculares anormales como espasmos de la cabeza, cuello o músculos de la cara, mordedura de la lengua o incontinencia urinaria, cuánto tiempo duró y con qué rapidez logró restablecerse el afectado. El médico necesitará igualmente conocer qué es lo que la persona experimentó: ¿Tuvo alguna premonición o señal de que algo inusual le iba a suceder? ¿Sucedió algo que pareciera precipitar el episodio, como ciertos sonidos o luces centelleantes?

Aparte de tomar nota de la descripción de los hechos, el médico basará el diagnóstico de trastorno convulsivo o de epilepsia en los resultados de un electroencefalograma (EEG), que mide la actividad eléctrica del cerebro. Se trata de una prueba que no ocasiona dolor ni presenta ningún riesgo. Los electrodos se fijan sobre el cuero cabelludo para medir los impulsos eléctricos dentro del cerebro. En ocasiones, los EEG se programan cuando la persona ha permanecido deliberadamente despierta durante un período de 18 a 24 horas, porque es más probable que se produzcan las descargas anormales cuando se ha dormido muy poco.

El médico estudia el registro del EEG para detectar alguna evidencia de descargas anormales. Aunque el episodio no ocurriera durante el registro del EEG, puede que existan estas anormalidades. Sin embargo, debido a que el EEG se realiza durante un período corto de tiempo, esta prueba puede pasar por alto la actividad convulsiva y aparecer un registro normal, incluso cuando la persona es epiléptica.

Una vez que se diagnostica la epilepsia, se suelen necesitar pruebas complementarias para buscar una causa con posibilidades de tratamiento. Los análisis sistemáticos de sangre miden la concentración en sangre de azúcar, calcio y sodio, determinan si la función del hígado y riñones es normal y permiten hacer un recuento de los glóbulos blancos puesto que un número elevado de éstos puede ser un indicio de una infección. A menudo el médico solicita un electrocardiograma para comprobar si la causa de la pérdida de consciencia fue consecuencia de una arritmia cardíaca que produjo un riego sanguíneo insuficiente del cerebro. Por lo general, el médico también solicita una tomografía computadorizada (TC) o una resonancia magnética (RM) para descartar un cáncer en el cerebro y otros tumores, un ictus antiguo (accidente cerebrovascular), pequeñas cicatrices y lesiones producidas por traumatismos. En ocasiones se requiere practicar una punción lumbar para determinar si la persona tiene una infección cerebral.

Tratamiento

Si existe una causa que puede tratarse, como un tumor, una infección o valores sanguíneos anormales de azúcar o sodio, antes que nada se pone remedio a esta situación. Las convulsiones en sí pueden no requerir tratamiento una vez que se haya controlado el problema médico. Cuando no se encuentra una causa o bien no es posible controlar ni curar el trastorno completamente, puede ser necesario administrar fármacos anticonvulsivantes con el objeto de prevenir la aparición de nuevas convulsiones. Solamente el tiempo podrá determinar si la persona tendrá más convulsiones. Un tercio de las personas sí tienen convulsiones recidivantes, pero el resto tan sólo habrán sufrido una única convulsión. Por lo general, no se considera necesaria la medicación en los casos de un solo episodio, pero sí para los casos recidivantes.

Las convulsiones se deben prevenir por varias razones. Las contracciones musculares rápidas y violentas entrañan un riesgo de heridas por golpes e incluso pueden producir fracturas de huesos. La pérdida súbita de consciencia puede causar lesiones graves por caídas y accidentes. La actividad eléctrica turbulenta del gran mal puede producir cierto daño en el cerebro. Sin embargo, la mayoría de las personas con epilepsia experimenta a lo largo de su vida docenas de convulsiones sin sufrir una grave lesión cerebral Aunque una única convulsión no deteriora la inteligencia, los episodios de convulsiones recidivantes sí pueden afectarla.

El tratamiento con fármacos anticonvulsivantes puede controlar por completo las crisis de gran mal en el 50 por ciento de las personas con epilepsia y reducir en gran medida su frecuencia en otro 35 por ciento. Los fármacos son algo menos eficaces para las crisis de pequeño mal. La mitad de las personas que responden a la terapia farmacológica pueden con el tiempo dejar el tratamiento sin que se produzcan recidivas. Ningún fármaco controla todos los tipos de crisis convulsivas. En algunas personas, las convulsiones pueden controlarse con un solo fármaco mientras que otras necesitarán varios.

Dado que el estado epiléptico es una urgencia médica, los médicos deben administrar lo antes posible dosis elevadas de un fármaco anticonvulsivante por vía intravenosa. Durante una crisis prolongada se toman precauciones con el objeto de que no se produzcan lesiones.

A pesar de sus indudables efectos beneficiosos los fármacos anticonvulsivantes pueden también tener efectos secundarios. Muchos causan aturdimiento, pero, paradójicamente, en los niños pueden producir hiperactividad. Periódicamente el médico solicita los análisis de sangre con el fin de controlar si el fármaco está afectando a los riñones, al hígado o a las células sanguíneas. Se debe prevenir a las personas que toman fármacos anticonvulsivantes de los posibles efectos secundarios e indicarles que deberían consultar a su médico al primer síntoma.

La dosificación de un anticonvulsivante es de crucial importancia, debe ser lo suficientemente elevada como para prevenir las convulsiones pero no tanto como para ocasionar efectos secundarios. El médico ajusta la dosis después de preguntar acerca de los efectos secundarios y de comprobar los valores en sangre del fármaco. Los anticonvulsivantes deberían tomarse siguiendo el modo de prescripción de forma estricta y no debería utilizarse ningún otro fármaco al mismo tiempo sin la autorización del médico, porque podría alterar la cantidad del anticonvulsivante en sangre. Los pacientes que toman anticonvulsivantes deberían visitar al médico con regularidad para un posible ajuste de la dosis y siempre deberían llevar una pulsera de alerta médica con el diagnóstico del trastorno convulsivo y el nombre del fármaco utilizado.

En general los pacientes con epilepsia tienen un aspecto y una conducta normal entre las crisis y pueden llevar también una vida normal. Sin embargo, tendrán que adaptar algunas de sus costumbres y pautas de conducta. Por ejemplo, las bebidas alcohólicas están contraindicadas en personas con predisposición a las convulsiones. Además, la legislación de algunos países prohíbe la conducción de vehículos a las personas con epilepsia hasta que no hayan presentado ninguna convulsión por lo menos durante un año.

Se debería enseñar a un familiar o a un amigo la forma de realizar los cuidados de urgencia en caso de una crisis convulsiva. Aunque algunas personas piensan que debe protegerse la lengua del afectado, tales esfuerzos pueden hacer más daño que bien. Los dientes pueden verse afectados o la persona puede morder a quien le ayuda, sin darse cuenta de ello debido a la intensa contracción del músculo de la mandíbula. Los pasos importantes a seguir son: proteger a la persona de una caída, aflojar la ropa del cuello y colocar una almohada debajo de la cabeza. La persona en estado de inconsciencia debe colocarse de costado para facilitar la respiración. Nunca debería dejarse sola a una persona que haya tenido un trastorno convulsivo hasta que ésta despierte completamente y pueda desenvolverse con normalidad. Es prudente dar cuenta de lo sucedido al médico de cabecera.

En el 10 al 20 por ciento de las personas con epilepsia, los fármacos anticonvulsivantes solos no podrán prevenir las recidivas de las crisis. Si se logra identificar como causante del trastorno a un área concreta del cerebro y ésta es pequeña, el problema puede resolverse tras la resección quirúrgica del foco epiléptico. En las personas con varios focos convulsivos o las que tienen convulsiones que se extienden rápidamente a todo el cerebro, puede resultar eficaz la resección quirúrgica de las fibras nerviosas que conectan los dos lados del cerebro (cuerpo calloso). La cirugía sobre el cerebro solamente se considera en el caso de que los tratamientos farmacológicos no sean efectivos o si sus efectos secundarios no pueden asumirse.

Fuente: Manual Merck.

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